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Los agricultores estamos acostumbrados a convivir con la incertidumbre. Plagas, enfermedades, sequías, temperaturas cada vez más extremas o campañas de menor producción forman parte de un oficio que depende, como pocos, de circunstancias que escapan a nuestras manos. Lo que está ocurriendo hoy con el arroz valenciano, sin embargo, no es coyuntural. Es una crisis estructural que amenaza la supervivencia de todo un sector.
Hace tres años llegamos a cobrar alrededor de 0,70 euros por kilo de arroz, un precio excepcional provocado, entre otras razones, por la fuerte reducción de producción en Andalucía y Extremadura. Paradójicamente, aquel momento marcó también el inicio del problema actual. La industria encontró en las importaciones procedentes del sudeste asiático una alternativa de suministro mucho más barata y, desde entonces, la presión sobre nuestro arroz no ha dejado de crecer.
Hoy producir un kilo de arroz en nuestros campos cuesta aproximadamente 0,52 euros. Esta campaña se habla de precios cercanos a 0,31. La cuenta es tan sencilla como dramática: perder alrededor de 21 céntimos por cada kilo producido.
Ninguna actividad puede sobrevivir así.
Y existe una contradicción difícil de explicar. Mientras hablamos constantemente de sostenibilidad y proximidad, permitimos que arroz producido a miles de kilómetros llegue hasta nuestros puertos para competir con el que cultivamos junto a nuestras casas. ¿Qué sostenibilidad defendemos si resulta económicamente más atractivo atravesar medio mundo en barco que mantener vivo el cultivo de nuestros campos?
Pero nos equivocaríamos si pensáramos que este es únicamente un problema de agricultores.
Si cultivar arroz significa perder dinero, muchos no podrán afrontar otra campaña. Porque antes de recoger un solo grano hay que adelantar personal, semillas, fertilizantes, tratamientos, gasóleo, maquinaria y alquileres. Cuando desaparezca la rentabilidad comenzará el abandono de parcelas.
Y entonces descubriremos el verdadero precio del arroz.
El arrozal ocupa buena parte del Parque Natural de la Albufera. Es paisaje, cultura e historia, pero también actúa como filtro verde y mantiene un ecosistema agrícola inundado que, abandonado, sufriría una rápida degradación, con proliferación de malas hierbas y plagas y consecuencias sobre la calidad del agua y el entorno.
La Albufera no se conserva únicamente con declaraciones, fotografías o discursos. Se conserva manteniendo vivos sus arrozales.
Si queremos protegerla, habrá que empezar por proteger a quienes llevan generaciones cultivándola. Porque el día que desaparezca el agricultor, quizá descubramos que no estábamos perdiendo solamente arroz.
Estábamos dejando morir la Albufera.