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Hay algo profundamente democrático en salir a la calle para protestar. Es una de las expresiones más genuinas de una sociedad libre: ciudadanos que levantan la voz, muestran su descontento y reclaman cambios ante aquello que consideran injusto. Pero también hay algo profundamente contradictorio en utilizar esa misma libertad para pisotear los derechos de los demás.
Porque no todo vale. Ni siquiera cuando creemos tener razón.
Las imágenes de disturbios, incendios y saqueos en distintas movilizaciones de Francia deberían llevarnos a una reflexión que trasciende nuestras simpatías políticas. ¿Qué tiene que ver reivindicar un derecho con destrozar un escaparate? ¿Qué culpa tiene el comerciante al que saquean su negocio? ¿En qué momento sembrar el miedo entre los vecinos se convirtió en una forma aceptable de expresar el descontento?
Una causa justa no convierte automáticamente en justos todos los medios utilizados para defenderla.
Pero el problema no termina en los disturbios. También asistimos a otra forma de desvirtuar las protestas: acampadas que nacen de reivindicaciones legítimas y terminan convertidas en plataformas de confrontación política e ideológica, donde la causa original queda relegada a un segundo plano.
No cuestiono que alguien ocupe temporalmente un espacio para defender aquello en lo que cree. Cuestiono que esa reivindicación pueda convertirse en una excusa para apropiarse indefinidamente de un espacio que pertenece a todos y utilizarlo como instrumento de presión política permanente.
Porque entonces surge una pregunta incómoda: ¿seguimos defendiendo una reivindicación o pretendemos imponer desde la calle aquello que no hemos conseguido en las urnas?
La calle es imprescindible para la democracia, pero no puede sustituir a las instituciones ni a la voluntad expresada democráticamente. Y las mayorías electorales tampoco tienen un cheque en blanco.
Aquí aparece una de nuestras mayores incoherencias colectivas: juzgamos las formas de una protesta según nuestra afinidad con su causa. Si compartimos sus reivindicaciones, buscamos justificaciones. Si no las compartimos, exigimos contundencia y respeto a la legalidad.
¿Y si empezáramos a aplicar los mismos principios a todos?
Un saqueo no es menos saqueo porque lo cometa alguien con quien simpatizamos. Una intimidación no deja de serlo porque se produzca bajo una bandera que sentimos cercana. Quienes recurren a la violencia y al vandalismo deberían encontrar el rechazo inequívoco de todo el espectro político. Sin excusas ni cálculos partidistas.
No quiero una sociedad que proteste menos. Quiero una sociedad que sepa protestar mejor. Firme ante las injusticias, exigente con sus gobernantes, pero consciente de que la libertad propia convive con la ajena.
Porque si para defender nuestras ideas necesitamos pisotear los derechos de los demás, quizá deberíamos preguntarnos qué estamos defendiendo realmente.