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En 2016 nos vendieron una nueva forma de hacer política. Se llamaba ‘A la valenciana’ y reunía a Compromís, Podemos y Esquerra Unida. Aquella coalición consiguió nueve diputados en el Congreso y generó enormes expectativas sobre una nueva manera de defender los intereses de nuestro territorio. Diez años después, el espacio político valencianista y de izquierdas vuelve a reorganizarse bajo nuevas siglas y alianzas. Ahora toca hablar de Compromís-Front Valencià.
La pregunta que merece hacerse cualquier ciudadano valenciano es muy sencilla: ¿qué ha cambiado realmente en nuestras grandes reivindicaciones durante esta década?
Porque seguimos sin un sistema de financiación autonómica justo. El modelo continúa pendiente de reforma, mientras la Comunitat Valenciana arrastra una situación de insuficiencia financiera que condiciona nuestros servicios públicos, nuestras inversiones y nuestra capacidad de desarrollo. Diez años de discursos, proposiciones y reivindicaciones no han conseguido resolver uno de nuestros principales problemas estructurales.
Seguimos también sin recuperar nuestro derecho civil valenciano. Un derecho histórico que debería permitirnos legislar sobre determinadas cuestiones civiles en condiciones comparables a otras comunidades autónomas. Ha habido iniciativas parlamentarias, pero la recuperación efectiva continúa pendiente.
Y qué decir de las infraestructuras hidráulicas. Después de la tragedia de la DANA del 29 de octubre de 2024, resulta imposible no preguntarse por las actuaciones preventivas que debieron haberse ejecutado antes. Es cierto que se están realizando obras de reparación y refuerzo, pero eso no elimina la necesidad de examinar los retrasos acumulados ni sustituye una estrategia integral frente a futuras inundaciones.
Financiación pendiente. Derecho civil pendiente. Grandes infraestructuras de prevención pendientes. Ese es el balance de tres reivindicaciones que deberían haber estado por encima de cualquier disciplina partidista.
No sería justo atribuir toda la responsabilidad a una coalición que nunca tuvo por sí sola capacidad para gobernar España. Los sucesivos gobiernos centrales, el PSOE, el PP y también las distintas administraciones valencianas tienen responsabilidades que examinar. Pero tampoco puede confundirse presentar iniciativas, registrar preguntas parlamentarias o pronunciar discursos reivindicativos con conseguir resultados efectivos.
Ahora llega Compromís-Front Valencià con el argumento de la unidad de la izquierda y la defensa de los valencianos. Es un objetivo político legítimo, pero cabe preguntarse qué garantías existen de que esta nueva coalición vaya a conseguir aquello que anteriores fórmulas no lograron.
Porque defender a los valencianos no debería consistir únicamente en enfrentarse a la derecha, como tampoco debería consistir en enfrentarse a la izquierda. Defender a los valencianos significa reclamar con idéntica contundencia una financiación justa gobierne quien gobierne en Madrid, exigir inversiones hidráulicas verificables y negociar avances concretos en nuestro autogobierno.
Quizá el principal problema de estas coaliciones sea precisamente la confusión entre valencianismo y bloques ideológicos estatales. Una cosa es tener un proyecto progresista, perfectamente legítimo, y otra muy distinta es supeditar la agenda territorial a los acuerdos, las prioridades y los equilibrios de la política nacional.
La Comunitat Valenciana necesita representantes capaces de negociar con cualquier Gobierno de España. Capaces de decir que no a los suyos cuando los intereses valencianos lo requieran. Capaces de convertir sus escaños en compromisos presupuestarios, leyes aprobadas y obras terminadas, no solamente en titulares y ruedas de prensa.
Por eso, antes de volver a pedir la confianza de los ciudadanos, sería conveniente que quienes participaron en anteriores alianzas explicaran qué consiguieron, qué no consiguieron y por qué. Y, sobre todo, que detallaran qué condiciones concretas exigirían a cualquier candidato a presidente del Gobierno para apoyar su investidura.
La política valenciana necesita menos marcas electorales y más rendición de cuentas. Menos declaraciones grandilocuentes y más resultados medibles. Menos subordinación a Madrid y más capacidad de negociación.
Hace diez años se llamaban ‘A la valenciana’. Hoy se presentan como ‘Front Valencià’. El nombre cambia, pero las reivindicaciones siguen prácticamente intactas.
Y mientras no se traduzcan en resultados concretos, habrá quien, con ironía, se pregunte si la denominación más apropiada no sería ‘Front Nadenà’.
Porque los valencianos no vivimos de eslóganes, ni de coaliciones, ni de fotografías de unidad. Vivimos de nuestros impuestos, de nuestros servicios públicos, de nuestra seguridad y de las oportunidades que deberían garantizar unas instituciones que nos representen de verdad.
Y para eso, después de tantos años, ya va siendo hora de pasar de las palabras a los hechos.