Añadir El Periódico de Aquí como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Cuandoera pequeña, pasaba con frecuencia por una ventana cuyo letrerollamaba poderosamente mi atención. “Agencia matrimonial”, decía,y mi imaginación empezaba a volar.
Enun mundo analógico donde nadie soñaba con los cambios que estaban ala vuelta de la esquina, conocer a una pareja de un modo noconvencional me parecía algo digno de película, y tenía una dosisde secretismo que alimentaba mi curiosidad. Quien utilizaba dichosservicios lo mantenía oculto, y los establecimientos eran pocollamativos. De hecho, en sus anuncios, se garantizaba discrecióncomo si lo que estuvieran cometiendo fuera un delito o alguna clasede actividad ilegal o inconfesable. Tal vez por eso, jamás conocí anadie que haya recurrido a una agencia matrimonial. O a nadie que, almenos, lo haya reconocido.
Sindarnos cuenta, hemos pasado de un extremo a otro. Ahora se consideraabsolutamente normal que la gente se conozca a través de Tinder ocualquier otra página de contactos o red social. Del secretismo y lavergüenza de acudir a un tercero para encontrar pareja hemos viradoal exhibicionismo de hacerlo delante de todo el mundo, ante lascámaras de televisión y en un programa en prime time. Y, porsupuesto, sin vergüenza ninguna. Propia, claro, que lo de vergüenzaajena es otro cantar.
Confiesoque cuando era niña y mi imaginación se desbordaba con un estímulocomo aquel, imaginaba a los usuarios de agencias matrimoniales comopersonas físicamente poco agraciadas y con un saco de problemas asus espaldas. Creía que un psicópata de película podía encontrarsus víctimas entre la lista, discreta como decían, que leproporcionaba la agencia. O que una estafadora hallaría sus incautosen esas personas necesitadas de cariño. La imaginación es libre.
Perolo que de verdad me tiene hablando sola es que esa necesidad de tenerpareja siga tan presente hoy. En aquel pasado, casarse era un fin, nouna opción. El modelo social te empujaba a aquello, y arrinconaba aquienes no lo seguían, es especial si eran mujeres. Ser solteronaera un estigma que tenía su propia frase: quedarse a vestir santos.Pero hoy en día quedan pocos santos sin vestir y la pareja es unaelección, no una obligación.
¿Porqué, entonces, siguen triunfando los espacios destinados a encontrarpareja, en cualquier formato o plataforma? No se me ocurre otrarespuesta que la de que la soledad sigue dándonos miedo. Y lapandemia lo ha hecho más presente. Y es que, por más que creamoshaber cambiado, no somos tan diferentes.
Alfinal, es una necesidad humana. Cada oveja con su pareja,