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De la Dana a una dana

Susana Gisbert

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Hasta hace algunos años, nadie -o casi nadie- sabía qué narices era una dana. Sabíamos, eso sí, que, en Valencia, cuando empieza el otoño, la climatología suele obsequiarnos con unas lluvias torrenciales tremendas que, en opciones, además de tremendas se han vuelto trágicas, como la Riuà del 57 o la Pantanà de Tous del 82. Como dice nuestra sabiduría popular «Plou poc, però, pel poc que plou, plou prou», o como cantaba Raimon “al meu país la pluja no sap ploure”.

Hasta no hace mucho, a aquello lo llamábamos “gota fría”, aunque poco tenía de gota y, en la mayoría de los casos, tampoco era fría. Pero en 2024 todo cambió. El 29 de octubre de ese año una dana, que es, más o menos, lo que antes llamábamos “gota fría” asoló nuestra tierra y acabó con la vida de 233 personas, los cadáveres de algunas de las cuales todavía no han sido localizados, y cuantiosos daños materiales.

A partir de entonces, cuando se hablaba de la Dana, así, con mayúsculas, nos referíamos a ese nefasto 29 de octubre de 2024 que quedará grabado en nuestra memoria como el drama que fue y que esperamos que no se repita.

Pero nuestro gozo en un pozo. Las lluvias catastróficas, lejos de haber dejado de existir, vuelven con fuerza cada año para recordarnos que la naturaleza parece querer vengarse de todo lo que la hemos maltratado. Y en esta tierra nuestra, tan relacionada con el agua, lo hace jarreando como si no hubiera un mañana. Así que hemos tenido otra dana que, esta vez, ya lleva su propio nombre, Adam, como los huracanes y las tempestades.

La Dana que tanto mal nos hizo ya no es la Dana sin más, sino la Dana de 2024 porque, por desgracia, detrás han venido otras. La de 2026, sin ir más lejos, que, aunque no ha supuesto la terrible cifra de fallecidos de aquella de octubre de 2024 -no sé si por suerte o porque se anticipó lo que se nos venía encima- también ha causado cuantiosos daños materiales y ha sembrado la desolación en las zonas con las que el cielo se cebó especialmente.

No sé si de cara al futuro cambiaremos el nombre de este azote, pero mucho me temo que nos seguirá castigando, se llame como se llame. Solo espero que nos pille mejor preparados y que, de ser posible, tratemos al planeta de modo que no se enfurezca más con quienes lo habitamos. A ver si toma nota a quien corresponda.

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