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La descomposición administrativa del estado

enrique vaque

(Escritor)

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A dos años de la trágica DANA sufrida por los valencianos, otra efeméride luctuosa, la colisión de dos trenes en Urda (Toledo), vuelve a sacudir la conciencia nacional. En ambos casos subyace la misma matriz de negligencia estructural. Durante la gestión de la catástrofe en Valencia y otras provincias, el Estado abdicó de su obligación primigenia: salvaguardar la vida de sus ciudadanos. El país contempló un laberinto competencial y burocrático paralizado por el cálculo electoral y el pánico al coste político. Mientras el agua avanzaba, las alertas se retrasaron y los recursos públicos quedaron encallados en un cruce de reproches partidistas. Una administración hipertrofiada en presupuestos y cargos de confianza demostró estar completamente vaciada de eficacia operativa real.

El colapso se extiende también a las infraestructuras, antaño un pilar del orgullo nacional. La reciente colisión de trenes en Urda —que se suma a la sufrida en Adamuz hace apenas unos meses— ha quebrado la confianza en la red ferroviaria española. Ante el desastre, la respuesta automática del poder político siempre sigue el mismo libreto: parapetarse detrás del cómodo concepto del «error humano». Sin embargo, sindicatos técnicos y profesionales llevaban tiempo advirtiendo sobre el severo desgaste de las vías, la saturación del tráfico tras la liberalización y la alarmante falta de personal. Cuando los sistemas automáticos caen, el protocolo de emergencia se convierte en un voluntarismo ciego gestionado desde un centro de mando desbordado por las directrices del interés político.

Este desolador panorama conecta de forma exacta con las advertencias que el jurista Alejandro Nieto planteó en su magistral análisis del desgobierno de lo público. Nieto denunciaba cómo se ha ido demoliendo sistemáticamente las barreras administrativas e independientes que frenaban el arbitrio y la improvisación. Al colonizar los cuerpos técnicos del Estado y suplantar el mérito por la lealtad de carné, se desmantelaron los contrapesos que garantizaban el rigor profesional. Los funcionarios de carrera e ingenieros independientes que antaño plantaban cara a las decisiones imprudentes de un ministro han sido orillados en favor de gestores sumisos.

El resultado es un Estado ruidoso en la propaganda pero hueco por dentro. Cuando la política sustituye a la técnica y la arbitrariedad sustituye a la ley, las consecuencias se pagan en términos humanos. El debate sobre el deterioro institucional ya no es una disquisición abstracta para académicos y juristas. Hoy en España, la descomposición administrativa se traduce, de forma dramática, en vías que fallan, alarmas que no suenan a tiempo y vidas ciudadanas desamparadas ante el colapso de lo público.

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Enrique Vaqué

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