Añadir El Periódico de Aquí como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Hay preguntas que parecen sencillas hasta que uno intenta responderlas.
Hace unas semanas me hice una de ellas.
¿Dónde vive la gente que trabaja cada día en Cullera?
No hablo de quien viene unos días de vacaciones. Hablo del camarero que sirve un arroz frente al mar, de la farmacéutica que nos atiende, del dependiente que abre su comercio cada mañana, de la auxiliar de una residencia, del profesor, del policía o de la pareja joven que quiere empezar una vida sin marcharse del pueblo donde nació.
Quise comprobarlo de la forma más simple: buscar un alquiler anual.
Pensé que sería un trámite de unos minutos.
Acabó convirtiéndose en una radiografía bastante precisa de la ciudad que estamos construyendo.
Durante unas semanas intenté encontrar un piso modesto, digno y con un precio razonable para vivir todo el año. Lo que descubrí fue una realidad conocida por demasiados vecinos: abundan las viviendas para unos días de verano, pero escasean las que permiten construir una vida.
Cuando aparece un alquiler anual apenas dura unas horas. Antes de terminar de leer el anuncio ya hay visitas concertadas, reservas hechas y candidatos esperando turno.
Entonces empiezas a preguntar. Descubres que muchos pisos circulan de boca en boca, entre familiares, amigos o vecinos de confianza. Existe un mercado invisible donde, en demasiadas ocasiones, tener contactos resulta casi tan importante como tener ingresos.
Basta sentarse diez minutos en cualquier terraza para comprender que éste ya forma parte de las conversaciones cotidianas. Antes se hablaba del tiempo o del turismo. Ahora se habla de alquileres, de hijos que no encuentran piso y de vecinos que hacen las maletas.
Mientras tanto surge una pregunta inevitable: ¿dónde vive la gente que sostiene Cullera?
Esa es una de las grandes contradicciones de una ciudad turística de éxito. Necesitamos trabajadores para mantener nuestra economía, pero cada vez les resulta más difícil vivir donde trabajan.
No todo puede atribuirse a los pisos turísticos. Influyen, sin duda, pero el problema también tiene que ver con años de inseguridad jurídica para miles de pequeños propietarios, con una oferta insuficiente y con la falta de soluciones estructurales.
Una sociedad sana necesita que la gente normal pueda alquilar a la gente normal. Con seguridad jurídica para quien ofrece su vivienda y protección suficiente para quien la necesita.
Una ciudad empieza a vaciarse mucho antes de que se vacíen sus calles. Empieza a vaciarse cuando sus hijos dejan de hacer planes en ella.
La vivienda no es una estadística.
Es el lugar donde una pareja decide tener su primer hijo.
Donde unos abuelos pueden seguir viendo crecer a sus nietos.
Donde una familia echa raíces.
Y las raíces, cuando se arrancan demasiadas veces, acaban secándose.
La verdadera pregunta no es cuántos apartamentos turísticos tiene Cullera ni cuántas promociones podrán construirse mañana.
La verdadera pregunta es mucho más sencilla.
¿Seguiremos siendo una ciudad donde nuestros hijos puedan vivir... o acabaremos siendo una ciudad que sólo puedan visitar?
Porque una ciudad no se mide únicamente por los turistas que llegan cada verano.
Se mide, sobre todo, por los hijos que decide no perder.