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Don Avelino y los futbolistas

BLAS VALENTÍN

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—¿Qué queréis ser de mayores? 

Don Avelino hacía aquella pregunta de vez en cuando. Alguno respondía que médico, maestro o guardia civil. Pero siempre había un niño que decía: 

—Futbolista. 

Don Avelino no soportaba aquella respuesta. El aspirante a delantero centro recibía un coscorrón que probablemente no figuraba en ningún programa de orientación profesional. 

Yo había aprendido pronto la lección. Cuando llegaba mi turno, decía que quería ser médico. No he tenido nunca ninguna vocación por la medicina, pero comprendía que era una profesión mucho más segura para conservar intacta la cabeza. 

Don Avelino no necesitaba acercarse para ejercer su autoridad. Si sorprendía hablando a un alumno, le lanzaba el borrador a la cabeza con una puntería que habría merecido mejor causa. 

Con las divisiones prefería un método más próximo. Recuerdo estar de pie junto a su mesa mientras él, sentado, trataba de hacerme entender una. Yo lloraba y don Avelino repetía: 

—Cero al cociente y se baja la cifra siguiente. 

Coscorrón. 

—Cero al cociente y se baja la cifra siguiente. 

Otro coscorrón. 

La división seguía sin salir y yo empezaba a pensar que tampoco saldría nunca de allí. 

Tanto lloré entre coscorrón y «cero al cociente y se baja la cifra siguiente» que aún hoy, cuando alguna contrariedad se empeña en no resolverse, se me aparece don Avelino para recordarme que el procedimiento sigue siendo el mismo. 

En una cosa, sin embargo, el tiempo parece haberle llevado la contraria. La respuesta que él castigaba con un coscorrón se ha convertido en una de las aspiraciones más celebradas del país. 

Durante semanas repetimos los goles, las declaraciones y los abrazos hasta que cada gesto adquiere categoría de acontecimiento nacional. El autor del gol de la final del Mundial dijo que aquel gol era de cuarenta y siete millones de personas, que el destino estaba escrito y que Dios da las cosas a quien más las merece. En menos de un minuto, un remate explicó España, el destino y la justicia divina. 

A veces basta un partido para resolver España. Otros asuntos suelen requerir algo más de tiempo y tienen la desventaja de no terminar con un pitido. 

Hemos convertido a futbolistas y entrenadores en emblemas del país y modelos de conducta. Los escuchamos hablar de educación, respeto, familia, moral y hasta de Dios con una atención que rara vez recibirían fuera del fútbol. 

Hoy todos somos futbolistas, por acción o por devoción. Cada vez que escucho a un niño decir que quiere serlo, recuerdo a don Avelino. No por los coscorrones. Por su negativa a aceptar que aquel pudiera ser el mayor horizonte de una vida. 

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