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Sí, estamos en precampaña electoral, abatidos por los efectos devastadores de la segunda dana letal en menos de dos años en la provincia de Valencia y agobiados por la hiperinflación que destroza el presupuesto doméstico. Estos y otros muchos temas copan la actualidad informativa. No obstante, más allá de esa capa que todo lo envuelve con más densidad que la de ozono, vivimos en microburbujas que recubren la cotidianidad.
No adquieren notoriedad; no obstante, algunas son positivas y se realizan a diario. En este artículo quiero centrarme en una en particular que resalta por su carácter positivo e ignoto entre participantes.
Cada jornada equipos móviles del Centro de Transfusión de la Comunitat Valenciana se desplazan a algún casal fallero, un colegio o una empresa para recoger unidades de sangre. O incluso de plaquetas. En ocasiones lo hacen en el mismo cubículo de la furgoneta casi claustrofóbica que ha sustituido al antes característico autobús más espacioso y que se ubica en espacios públicos para atender directamente.
Por la puerta donde se instala ese equipo, o por la de la misma sede autonómica del Centro de Transfusión radicada en la avenida del Cid de Valencia, entran cada día cientos de ciudadanos. Muestran su carné de donante o se atreven por primera vez a vivir esa experiencia -ha sido el caso de 8000 personas en el primer semestre de este año-, trazan equis en un amplio formulario, pasan una entrevista rutinaria con el doctor y a esperar. Por suerte, ya que ello significa que la práctica abunda, suele resultar necesario aguardar unos minutos a que quede una camilla libre.
Después, guiados siempre por un trato amable del personal sanitario, eligen brazo para sufrir el pinchazo y se tumban en la camilla. Allí pasarán, entre inyección, extracción y recuperación, unos 20 minutos. Luego, ingerirán agua o refresco gaseoso y unas rosquilletas -los tiempos de oferta de horchata y fartón o del bocadillo de jamón quedan como bonito recuerdo de lustros pasados- y se marcharán con su descuento para el cine, con una bolsa de tela o, más novedoso, con un cepillo para el pelo con espejo incorporado, regalos habituales para donantes.
Nunca sabrán a quién aportó su sangre, ni quien la recibe tampoco conocerá jamás el nombre de su benefactor. El acto de solidaridad queda sumido en el más estricto anonimato. La única información que consta se centra en el grupo del donante para que resulte compatible con el del receptor. Esa concordancia se convierte en el nexo de unión entre ambos. No hace falta más. Parafraseando al escritor estadounidense Franck Clark, “la verdadera generosidad es hacer algo bueno por alguien sin que lo sepa”. Como donar sangre.