Ir al contenido principal

¿Dónde se fue la magia?

Susana Gisbert
La fiscal valenciana contra los delitos de Odio, Susana Gisbert
La fiscal valenciana contra los delitos de Odio, Susana Gisbert

Añadir El Periódico de Aquí como fuente preferida de Google de forma gratuita.

Activar ahora

Yahace un año. Aunque parezca mentira, han pasado ya más de 365 díasdesde que un bicho desconocido nos encerrara en casa, algo taninaudito que nos costó asimilarlo. De hecho, aún me cuesta hacermea la idea de que permanecimos dos meses cerrados a cal y canto ysobrevivimos. O, mejor dicho, resistimos, como cantábamos a voz engrito siempre que había oportunidad.

Porsupuesto, hubo quien no llegó al final del camino. Pero no tantoporque no resistieran el encierro sino porque sucumbieron al malditovirus. Nunca les olvidaremos.

Delencierro, sin embargo, salimos. Pensábamos que saldríamos másamables, más humanos, menos raros, como cantaba María Jiménez,pero mucho me temo que nada de eso se ha cumplido. Aquí estamos otravez, con tanto egoísmo y mezquindad como antes de la pandemia.

¿Dóndefue a parar la magia de los balcones? ¿Dónde esa sed de contactohumano? Se esfumó, si es que alguna vez llegó a existir. Confiesoque yo estaba convencida de que cuando el confinamiento acabara,seguirían los lazos de cariño que parecieron surgir con esaspersonas con las que cada día compartía aplausos, pero nada de esopasó. En apenas unos días, olvidamos que eran los únicos sereshumanos que veíamos más allá de nuestras paredes, y dejamos a unlado complicidad y sonrisas para volver a la indiferencia de siempre.

Escierto que las cosas han sido diferentes a cómo las imaginábamos.Creímos, o quisimos creer, que nada más poner un pie en la calleempezaría el camino de regreso a nuestra vida anterior, y la vida,con el virus como capitán, nos dio una bofetada de realidad. Hapasado un año, y seguimos sin poder reunirnos, llevando mascarillasy mirando el reloj para volver a casa antes de que nuestro carruajese convierta en calabaza.

Nosé si estamos a tiempo, pero me gustaría creer que sí. Quisierapensar que todavía podemos aprender de todo esto y que, cuando porfin recuperamos la vieja normalidad, sabremos hacer buen uso de ella.Que emplearemos el contacto físico para darnos besos en vez depuñaladas, abrazos en vez de golpes.

Quizássoy una ilusa, pero a veces salgo al balcón con la esperanza decoincidir con aquel hombre que siempre nos hacía un guiño o con lachica que brindaba con su mate hacia nuestra ventana.

Elvalor de las pequeñas cosas fue lo que nos ayudó a sobreviviraquellos días, esas pequeñas cosas que aún siguen ahí. Ojaláhayamos aprendido algo.

Sobre el autor

Susana Gisbert
Susana Gisbert
Ver biografía
Lo más leído