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A propósito de la columna que escribí en julio sobre la religión, una querida amiga que guardo de mi etapa en Escolapias me escribió:
“He leído el artículo sobre la religión, muy chulo. ¿Tú crees entonces que es necesaria la religión para el equilibrio psíquico?”
Escribo mi respuesta, que también guarda preguntas.
Eso del equilibrio psíquico no sé bien lo que es. Freud hablaba más bien de la tendencia del aparato psíquico a rebajar la tensión, a mantenerla lo más baja posible.
Respecto a la religión, es una cuestión que persigue a Freud desde el comienzo, y eso que se declaró ateo. De origen judío, hay una pregunta que le acompañó durante toda su vida: ¿por qué los judíos han sido perseguidos y expulsados una y otra vez y, sin embargo, han conseguido mantenerse como pueblo?
En una de sus últimas grandes obras, “Moisés y la religión monoteísta” (1939{1934-38}), Freud hace una construcción muy interesante en la que aparece un concepto que creo superimportante: el de herencia arcaica.
Freud compara esta herencia con los instintos de los animales. Lo que en el animal aparece como un saber de la especie, en el ser humano aparecería como una herencia arcaica que conserva disposiciones y, según Freud, incluso huellas mnémicas de experiencias de generaciones anteriores.
En el origen estaría el asesinato del padre primordial, el Urvater, y todo lo que esto produjo: totemismo, canibalismo, culpa, pactos, leyes, prohibiciones…
Ufff. De todo esto, quizá la culpa sea uno de los temas que más toca la religión. Y cómo cada religión trata la culpa dice mucho de cada cultura.
Ah, y por poner un ejemplo: la comunión de los católicos. Comer el cuerpo y beber la sangre de Cristo. ¿Podría ser una huella arcaica del canibalismo?
No lo sé…
Hay religiones que acumulan normas y prohibiciones. En el judaísmo ortodoxo, por ejemplo, las leyes de kashrut regulan qué se puede comer y cómo se deben preparar los alimentos.
Cuanto más de esto, ¿más culpa? Ummmm.
Y respecto a los católicos… ¡qué grande San Pablo! Con el perdón de los pecados introduce otra relación con la Ley y con la culpa. ¿Nos hizo más libres? ¿Menos oprimidos? ¿Más universales?
Freud se pregunta por qué les fue imposible a los judíos acompañar el progreso contenido en confesar el asesinato de Dios, cargando con una culpa trágica, a cambio de lo cual se les ha impuesto dura penitencia. Me pregunto: ¿está otorgando a este nuevo tratamiento de la culpa, con Saulo de Tarso, el estatus de progreso?
Ave María purísima, sin pecado concebido.
—Padre, he pecado…
—Hijo, yo te absuelvo.
Dos Ave María y un Padre Nuestro.
Ale, a volar.