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El precio de la estupidez

Susana Gisbert
Susana Gisbert. /EPDA
Susana Gisbert. /EPDA

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Si digo que la estupidez humana no tiene límites, no digo nada nuevo, desde luego. Pero hay hechos se empeñan en recordárnoslo por si teníamos alguna duda. O por si, en un inexplicable arrebato de ingenuidad, pensábamos que habíamos aprendido algo.

Podría ser cualquier cosa. El último fichaje de un jugado de fútbol o la enésima excentricidad de algún millonario, pero no es eso. Creo que es aún peor. Porque en estos días saltaba la noticia de que se estaban vendiendo brazaletes con forma de brida a 600 euros, ahí es nada. 

Cuando lo leía, lo primero que hice -además de frotarme los ojos con incredulidad- fue comprobar a qué se referían con “bridas”. Y sí, a lo que conocemos y usamos, aunque no seamos las reinas del bricolaje, para fijar una tela metálica o cualquier otra cosa. Y sí, de plástico, nada de metales preciosos ni piedras maravillosas.

Lo peor de todo no es que alguien tratara de venderlas, que la libertad es lo que tiene, sino que la gente las comprara. Y no uno ni dos, sino que se agotaron. Para quedarse muerta en el sitio.

Según vi, no era la primera vez que pasaba en poco tiempo. También ocurrió algo parecido con bolsas de basura de marca, que la gente compró como si no hubiera un mañana. Y la verdad es que mal mañana vislumbro si en el hoy hacemos cosas como esta.

Decir que es increíble que alguien gaste ese dinero en una brida es una obviedad. Pero no solo eso. Es una inmoralidad de tomo y lomo, y la prueba evidente de que no todo lo malo es delito, porque si lo fuera, compradores y vendedores estarían enchironados. Porque por tópico que resulte, hay para muchas personas que esos 600 euros son una verdadera fortuna con la que solventarían la comida de sus hijos por una temporada.

Ignoro qué será lo siguiente, si ponerse un zurullo de vaca en la cabeza o usar de collar cinta aislante. Pero yo por si acaso voy a ir rebuscando los collares de macarrones que mis hijas hacían en la guardería, que igual se ponen de moda si alguien los vende a 600 euros.

Y es que, si en cualquier momento esto es inadmisible, en los tiempos de crisis que corren es indecente. Además de estúpido, claro. Veremos a ver cuál es la próxima prueba de que, como decía, la estupidez humana no tiene límites

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Susana Gisbert
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