Quiero que mis cenizas reposen tras una placa de mármol que diga:
“Aquí yace el Excelentísimo e Ilustrísimo Sr. D. Pedro Manuel Rodríguez Navarro, nacido en Villena el 5 de diciembre de 1960 y fallecido el …” Nada más.
Quiero que exactamente sean esas las palabras porque pertenecen a un tiempo en el que la sociedad todavía creía en las instituciones y en el conocimiento.
Y quiero que ese epitafio sirva también para defender la sociedad humanista de Rousseau y la separación de poderes de Montesquieu; para reivindicar aquella Europa que, tras las ruinas de la guerra, fue capaz de construir entre 1950 y 2010 el mayor periodo de prosperidad, equilibrio social y dignidad colectiva que nuestro continente ha conocido. Un modelo imperfecto, sin duda, pero profundamente civilizado.
Después, quebró el capitalismo liberal y llegó otra era: la del feudalismo tecnológico, en la que el reconocimiento dejó de medirse por la aportación a la sociedad y comenzó a cuantificarse en seguidores y capacidad de generar ruido. Una época en la que la desinformación pasó a confundirse con la libertad y el insulto con la autenticidad. Una época en la que el conocimiento dejó de ser aspiración y admiración.
Y así, poco a poco, el respeto desapareció del relato público.
Porque el protocolo —ridiculizado tantas veces— no es más que la expresión visible del respeto mutuo. La forma simbólica mediante la cual las personas y las instituciones aceptan límites, reconocen legitimidades y, a través de acuerdos, se hace posible la convivencia. Su desaparición erosionó los límites que hacían posible nuestra libertad. Una libertad que fue construida sobre límites compartidos y respeto mutuo.
Soy “Excelentísimo” porque los valencianos me eligieron Senador de las Cortes españolas. Y conviene aclarar, frente a tanta mentira repetida, que de aquello no queda privilegio alguno. Ni sueldo, ni prebenda, ni protección especial. Solo permanece el título como fórmula protocolaria heredada de otro tiempo.
Soy “Ilustrísimo” porque mis compañeros me eligieron Decano del Colegio de Químicos de la Comunitat Valenciana. No es un mérito personal extraordinario, sino la forma en la que las profesiones reconocen, aún hoy, el valor del conocimiento en quienes las representan públicamente.
Tal vez algún día alguien lea esa placa y comprenda que existió una época en la que palabras como “Excelentísimo” e “Ilustrísimo” significaban algo más profundo que un simple número de followers o de “me gusta”.