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La expresión ‘nueva normalidad’ la difundió el Gobierno estatal para aludir a la coyuntura que la sociedad se aprestaba a vivir tras la pandemia. Según la define la Real Academia Española de la Lengua, supone una “situación en que la forma de vida normal o habitual se modifica debido a una crisis o a razones excepcionales”. La clave de la citada modificación consiste en saber hasta qué punto se produce y cuánto tiempo se prolonga pese a haberse superado ese hecho excepcional.
Porque en la práctica, desde la pandemia se ha acelerado la metamorfosis de Valencia. La aludida ‘normalidad” ha variado. Y la guerra de Ucrania ha supuesto un acicate que ha contribuido a hacerlo en lo que se refiere a vivienda y proliferación de personas con otros comportamientos y costumbres en la ciudad.
Han llegado miles de rusos y ucranianos con nóminas abultadas y tentadoras para propietarios de pisos en alquiler. Al resultar el mercado habitacional sumamente limitado, esto ha repercutido en que numerosos inquilinos locales o asentados desde hace años, con menor poder adquisitivo, pierdan ese acceso a vivienda urbana y deban buscar otras opciones.
El coste de la vida se ha disparado. Casa Caridad reparte el doble de carros de comida ahora comparado con la antigua normalidad. Y los rincones más resguardados de las calles se pueblan de moradores esporádicos, o, por desgracia, usuales. Hace tiempo que el soportal del edificio administrativo del número 60 de la calle Colón se transforma, cuando atardece, en un pequeño campamento. Como lo hace la calle Nuestra Señora de Gracia, ubicada detrás de la iglesia de Santa Catalina y San Agustín.
Constituyen únicamente algunos ejemplos de los múltiples que pueden contemplarse cada noche en la ciudad ante la aparente indiferencia social y política. El pasaje que enlaza Ramón y Cajal con Germanías también acoge a inquilinos improvisados nocturnos y diurnos, al igual que la fuente de la calle Vinatea se ha reciclado a modo de lavadero de pies y manos de decenas de personas que se arremolinan a su alrededor con carros repletos de objetos extraídos de contenedores.
¿Esta es la nueva y triste normalidad de Valencia? ¿Ver a cada vez más personas durmiendo a la intemperie y sin atisbos de solución a su situación forma parte de la transformación cotidiana de la ciudad? Personalmente, me resisto a creerlo.