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La escultura invisible

Susana Gisbert

El otro día una amiga me hablaba de una obra de arte peculiar. Tan peculiar que desde entonces no me la puedo quitar de la cabeza y tenía que contarlo. Y es que no hay para menos.

La noticia no es nueva, pero yo no la conocía. Y se trata, nada más y nada menos, que de la venta de una obra arte invisible, por 15.000 euros. Según su autor, está hecha de aire y espíritu, pero las personas normales miramos y vemos -o, mejor dicho, no vemos- lo mismo: absolutamente nada.

Me atrevería a decir que es una solemne tomadura de pelo si no fuera porque alguien me podría tachar de insensible. Pero es lo que es. Y recuerda mucho a aquel cuento infantil -o no tan infantil-, El traje nuevo del emperador, en que le hacen creer al emperador que lleva un precioso traje cuando no lleva nada encima, aunque pocos se atreven a decir lo que es obvio, que el emperador está desnudo.

Pero la cuestión no es que algún artista con ínfulas ponga en práctica semejante ocurrencia, sino que alguien la compre. Y no quiero ser malpensada, pero tal vez esa compra tenga un propósito menos elevado que el disfrute de una obra de arte.

Lo curioso es que el artista en cuestión ni siquiera fue original. El mismísimo Andy Warhol ya hizo una escultura invisible en 1984. Una pieza en la que no se escurrió mucho los sesos ni el título, que se llama así, Escultura invisible, y que consiste en una peana, absolutamente visible, encima de la cual no hay nada. O hay algo conceptual y elevadísimo que mis prosaicos ojos no son capaces de apreciar. Porque se ve que hay mucha gente que sí lo aprecia, porque se siguen vendiendo reproducciones digitales de la obra. O, más bien, de la no obra.

He de reconocer que yo no entiendo de arte contemporáneo, pero sé lo que me gusta y lo que no. Y la nada no me gusta nada. O me gusta todo, porque todo se puede imaginar, pero, en cualquier caso, esa imaginación es mía y no del supuesto artista que firma la no-escultura.

En realidad, esta obra sirve para sacar algunas conclusiones de nuestro mundo moderno. O somos tontos de remate y cualquiera nos puede tomar el pelo, o hay formas de arte tan sublimes que no todas las personas están preparadas para apreciarlas. Que cada cual decida en cuál de los casos se encuentra.

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Susana Gisbert
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