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Ese curioso abuso de la estadística

BLAS VALENTÍN
Fotografía cedida por la Universidad Cardenal Herrera-CEU donde puede verse a Jorge Luis Borges (i) junto al fotógrafo Pepe Fernández. EFE
Fotografía cedida por la Universidad Cardenal Herrera-CEU donde puede verse a Jorge Luis Borges (i) junto al fotógrafo Pepe Fernández. EFE

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Hace unos días hablaba de Borges con Javier Paniagua, historiador y profundo conocedor de la vida política valenciana: fue director general de Educación de la Generalitat y diputado socialista por Valencia durante cuatro legislaturas. Me recordó el apoyo inicial de Borges a la dictadura argentina y aquella desconfianza hacia la democracia, de la que escribió que era «ese curioso abuso de la estadística».

La frase molesta porque la pregunta que contiene no es enteramente estúpida. Pensemos en Gustavo Bueno, Jaspers, Bertrand Russell o Borges mismo, o en cualquiera que haya dedicado una vida a estudiar aquello sobre lo que otros formamos opinión después de diez minutos de radio. ¿Por qué su voto debe valer exactamente lo mismo?

Parece razonable que pese más quien más sabe. Hasta que alguien tiene que decidir cuánto sabe cada uno.

El problema es Borges: uno de los hombres más inteligentes del siglo XX apoyó en 1976 una dictadura criminal. Llegó a hablar de un «gobierno de caballeros» y se sentó a almorzar con Videla junto a otros escritores. Aquel régimen practicaría secuestros, torturas, desapariciones y asesinatos. Borges se equivocó gravemente al apoyarlo. Su inteligencia no lo protegió de un error político de esa magnitud.

Años después se alejó de la dictadura, firmó una solicitada por los desaparecidos, reclamó elecciones y reconoció haberse dejado engañar por los militares. Después del triunfo de Alfonsín recordó su vieja idea de que la democracia era «un abuso de la estadística» y afirmó que los argentinos la habían refutado espléndidamente.

Puede que Borges considerase refutada la frase. No estoy seguro de que el problema que contenía quedara resuelto.

Se puede saber muchísimo y equivocarse por completo. Pero que Borges se equivocara no convierte en sabio al ignorante. La democracia cuenta cabezas porque no sabe pesarlas, pero de ahí no se sigue que todas contengan lo mismo. El voto de quien ha estudiado durante décadas pesa lo mismo que el de quien recibió un vídeo por WhatsApp y tardó treinta segundos en alcanzar una certeza.

La dificultad no termina en quienes votan. Empieza de nuevo en quienes aspiran a gobernarlos.

Para gobernar querríamos personas prudentes, cultas, honestas, competentes y poco enamoradas de sí mismas. Pero desear intensamente el poder no constituye un mérito para ejercerlo. Tampoco haber esperado turno durante años, sobrevivido a varias direcciones, obedecido cuando convenía o aprendido a ponerse detrás de las siglas adecuadas. A veces una carrera política consiste, sobre todo, en demostrar una extraordinaria capacidad para no tener que abandonar nunca la política.

El resultado no siempre es edificante. Hay dirigentes cuya formación parece terminar exactamente donde empieza el argumentario, capaces de hablar durante media hora sin que una sola idea corra verdadero peligro. Dominan el atril, la sonrisa, la consigna y esa peculiar habilidad de convertir su propia ascensión en prueba retrospectiva de mérito. Algunos conocen desde muy jóvenes los pasillos de un partido mejor que el mundo que después pretenden gobernar.

Las siglas ayudan. Progreso, igualdad, libertad o patria poseen la cómoda propiedad de prestar una dignidad anticipada a quienes hablan en su nombre. Pero afiliarse a una causa respetable no concede por contagio cultura, honradez ni competencia. Un mediocre no deja de serlo porque su carné tenga una historia gloriosa, ni un oportunista adquiere principios por aprender a pronunciarlos en un mitin.

Después llegan las urnas y añaden la única legitimidad que realmente pueden añadir: la de gobernar conforme a las reglas. Haber obtenido más votos demuestra que se obtuvieron más votos. No acredita criterio, altura moral, experiencia profesional ni conocimiento de aquello sobre lo que habrá que decidir. Una mayoría puede elevar a un excelente gobernante y también a un ignorante, un sectario o alguien cuya principal destreza haya consistido en esperar su turno dentro de una organización. Las urnas legitiman para gobernar. No ennoblecen a quien gobierna.

Para casi cualquier empleo de cierta responsabilidad se pregunta qué ha hecho uno antes. Para gobernar una ciudad puede presentarse alguien que apenas ha tenido tiempo de ejercer una profesión, dirigir un equipo o responder de algo fuera de un partido. En política llega un momento en que la ausencia de currículum se resuelve añadiendo cargos al currículum.

Para conducir un autobús exigimos pruebas. Para administrar miles de millones y decidir sobre una parte considerable de la vida ajena puede bastar con sobrevivir a un partido, ganar unas primarias y convencer después a suficientes votantes. Si lo consigue, recibe las llaves.

Borges sirve para desconfiar de una aristocracia de los sabios: una inteligencia extraordinaria puede equivocarse de manera extraordinaria. Pero su error tampoco obliga a fingir que la ignorancia vale lo mismo que el conocimiento o que una mayoría convierte la mediocridad en excelencia.

Tal vez aquel «curioso abuso de la estadística» encerrara una incomodidad más resistente de lo que Borges creyó después. Sabemos contar los votos. Lo que seguimos sin saber es cómo evitar que saber conseguir votos termine confundiéndose con saber gobernar.

 

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