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El éxito y el fracaso de Santiago Abascal

BLAS VALENTÍN
El líder del partido español Vox, Santiago Abascal, en una fotografía de archivo. EFE/ Chema Moya
El líder del partido español Vox, Santiago Abascal, en una fotografía de archivo. EFE/ Chema Moya

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Hay críticas que no importan tanto por lo que dicen como por el lugar desde donde llegan.

Federico Jiménez Losantos pertenece desde hace décadas al ecosistema intelectual y mediático de la derecha española. Por eso, cuando ha llegado a hablar de Santiago Abascal como una «estafa intelectual y moral», importa menos el exabrupto que la decepción que revela.

Y ahí empieza la paradoja: Abascal puede ser una decepción para una parte de la derecha y, al mismo tiempo, un éxito en las urnas.

Vox mantiene una considerable fortaleza electoral mientras varias de las figuras que contribuyeron a construir su primera identidad política han terminado fuera, enfrentadas o abiertamente críticas con la dirección. Javier Ortega Smith, uno de los fundadores y antiguo secretario general, fue finalmente expulsado del partido; Iván Espinosa de los Monteros, Rocío Monasterio, el propio Ortega Smith y otros antiguos dirigentes reclamaron después un congreso extraordinario para discutir el rumbo de la formación.

De modo que la pregunta no es si Abascal ha triunfado. Ha triunfado. La pregunta es en qué.

Ha convertido Vox en una fuerza estable de la política española y en un actor que ningún adversario sensato puede despreciar. Pero el éxito de un político también puede medirse por la distancia entre aquello que prometió representar y la organización que termina construyendo.

Durante años se construyó alrededor de Abascal una imagen de hombre directo y sencillo: alguien que decía lo que pensaba y hacía lo que decía. Fernando Sánchez Dragó contribuyó decisivamente a fijar ese retrato. Precisamente por eso la decepción posterior de una parte de la derecha resulta más interesante: cuanto más fuerte fue la imagen de autenticidad, más visible se vuelve cualquier distancia entre el personaje y la organización que termina dirigiendo.

La política moderna no fabrica solo programas. Fabrica personajes. Y cuanto más auténtico parece un personaje, más difícil resulta distinguir dónde termina la persona y dónde empieza la campaña.

Los partidos nacen representando una esperanza y sobreviven convirtiéndose en organizaciones.

Al principio hay una causa y unos cuantos convencidos de que vienen a hacer algo distinto. Después llegan los cargos, las listas, los comités y la necesidad de decidir quién manda. Toda organización necesita orden. El problema empieza cuando ese orden se parece demasiado a aquello contra lo que nació.

Cuando estalló el conflicto con Ortega Smith, Abascal resumió el asunto con una frase de una franqueza casi doctrinal: «Es la dirección la que manda». Podría haberla firmado el secretario general de casi cualquier partido español.

Ese es el destino incómodo de los partidos que nacen contra «los partidos de siempre». No pueden gobernarse eternamente como una reunión de amigos indignados. Necesitan aparato. Y el aparato necesita obediencia, disciplina, control del mensaje y capacidad para apartar a quien estorba. En un partido insurgente, sin embargo, cada expulsión pesa más: contradice una parte del relato fundacional.

Por eso importa la furia de Jiménez Losantos. No solo ha cuestionado la orientación internacional de Abascal. En marzo tituló una de sus columnas «Vox o el triunfo de la partitocracia» y, una semana después, habló ya de una «guerra civil» entre el Vox oficial y el Vox histórico. Cuando la acusación de haberse convertido en aquello contra lo que se nació procede del mismo espacio político, conviene escucharla.  

La contradicción aparece también fuera de España.

Vox ha hecho de la soberanía nacional una de sus banderas, pero en marzo Abascal viajó a Budapest para apoyar electoralmente a Viktor Orbán, al que presentó como «el auténtico protector de Europa», y llegó a decir que las elecciones húngaras eran también «nuestras elecciones».  

No hay nada extraño en tener aliados. Lo extraño es hacer de España la medida de todas las cosas y después necesitar héroes extranjeros.

La españolidad resulta fácil mientras solo sirve para discutir con otros españoles. Se vuelve más exigente cuando obliga a desconfiar también de los amigos de fuera.

Ahí aparece de nuevo el mismo problema. Dentro, el partido necesita aparato y obediencia. Fuera, necesita aliados. La política empieza precisamente cuando terminan las identidades puras.

Todos los partidos que llegan prometiendo no parecerse a los demás descubren tarde o temprano la misma dificultad: gobernar obliga a aceptar contradicciones que eran mucho más fáciles de denunciar cuando se estaba fuera. Cuanto más alto fue el discurso de pureza, más visible resulta después cada concesión.

Abascal puede seguir ganando votos. Puede incluso ganar más poder. Pero eso no resuelve la pregunta; la vuelve más incómoda.

Un político no fracasa solo cuando pierde elecciones. También puede fracasar cuando gana y ya no está claro qué parte de aquello que prometió sigue intacta.

El problema no es que Abascal haya cambiado. El problema es que el poder cambia incluso a quienes llegaron prometiendo precisamente lo contrario.

 

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