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Estamos en agosto. Un agosto igual quetodos por lo que al calor afecta, pero distinto a otros en cuanto al resto. Unsegundo –y espero que último- agosto marcado por el coronavirus y susnecesarias restricciones, entre el dolor y el cansancio por lo pasado y laesperanza por lo que está por venir.
Y entre una y otra aparecen en lascalles de Valencia unas viejas amigas que echábamos de menos, las vallas. Vallasque delimitar lugares, que cierran calles, que limitan el tráfico. Las vallasque preparan las fallas. Unas fallas tan atípicas como el tiempo en que secelebrarán. Septiembre.
Sobre ellas, el alcalde de Valencia ha dicho, en una frase que se ha vueltoviral, que no son fallas, sino actos falleros. Una frase que merece algúncomentario.
La frase de marras se ha queridointerpretar de distintas maneras, según de donde vengan las críticas. Para losdetractores, una burrada. Para sus adeptos, un gran acierto. Nada nuevo bajo elsol.
Yo, sin embargo, no me pronunciaré, aunquesí quisiera aportar mi granito de arena al modo de ver estas fallas que, alparecer, no son fallas sino actos falleros.
Estas fallas no son fallas porque noson tal como las concebimos. Resulta extraño que las fiestas en conmemoraciónde San José se realicen seis meses después de la festividad del santocarpintero. Y tampoco vale la versión laica, porque mal se celebra el solsticiode primavera a días de empezar el otoño. Si a eso unimos que los festejos noserán ni sombra de lo que fueron, está claro. Estas fallas no son Fallas.
Pero, para falleras y falleros, hayun matiz especial. Estas fallas no son fallas, porque fallas son todo el año.Hay fallas cada vez que nos reunimos, en cada evento, en cada partida de truc odominó, cuando se ensayan bailes regionales o se montan belenes. Hay fallas enlas obras de teatro, y en la declamación y los plays backs. Hay fallas muchomás allá de la Ofrenda y la recogida de premios y la mascletá, que son actosfalleros pero no los únicos.
Hay fallas todo el año. Y actosfalleros, también, aunque llevemos más de 500 días de sequía. Por eso hay quetomárselo con calma, no nos pase como a esas personas hambrientas que, derepente, se dan tal atracón que acaba sentándoles mal.
Tomémoslo como un pequeñoensayo de lo que vendrá, del momento en que recuperemos nuestras vidas ynuestras fiestas. Hasta entonces, actos falleros, sí, pero con mesura. Tiempohabrá de resarcirse.