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Lo he dicho varias veces. A mí el fútbol, ni fu ni fa. No me gusta el fútbol pero no soy abiertamente antifutbolera. De hecho, he asistido a algún que otro partido y he estado atenta a las evoluciones de la selección y he celebrado sus triunfos, cuando los ha habido. Pero, más allá de mi vertiente grupi, en general me parece un deporte aburrido y estoy más que harta de que cope informativos y de que se derrochen cantidades obscenas. Aunque en los últimos tiempos reconozco que la eclosión del fútbol femenino me ha reconciliado bastante con el llamado deporte rey.
Pero hoy quería ir un poco más allá. O más acá, según se mire. Y es que, como valenciana que soy, he vivido la locura desatada con la final de la Copa del Rey. Había que encerrarse en una cápsula blindada para no enterarse. O ni aún así, porque en cualquier lugar, en cualquier grupo, o en cualquier familia había alguien que se iba a Sevilla, después de una ardua lucha por resultar agraciado con una entrada. Y, entre quienes no se fueron, miles de casas, peñas, casales falleros, bares o locales preparaban una party futbolística alrededor de una televisión.
Por un momento, parecía que no existieran desacuerdos ni confrontaciones. El fútbol une, y la afición por el equipo local –o uno de ellos, que no se enfaden en el Levante- une aún más, incluso cuando el descontento con sus directivos sea un clamor.
Y a eso era, precisamente, a donde iba. ¿Por qué somos capaces de pasar toda desavenencia por alto mediando el balompié, y no lo somos en cosas mucho más importantes? Pan y circo, responderán algunos. Y no dudo que lleven parte de razón, pero eso no es todo.
En la afición al fútbol se mezclan elementos deportivos, de sentimiento de grupo y de identidad territorial. Pero también hay algo que me parece admirable y que comparten con las fallas: las relaciones intergeneracionales. Padres, hijos y nietos juntos ante una misma cosa, y, cada vez más, madres, hijas y nietas. Porque los tiempos cambian hasta para el fútbol.
Por supuesto no todo es bueno, ni mucho menos. Además del derroche de dinero, política, machismo, racismo u homofobia han ensuciado los campos más veces de las deseables. Y hay que estar alerta porque los efectos pueden ser devastadores.
De la afición al fútbol hay que aprender que la unión entre muchas personas por un objetivo común es posible. Lástima que podamos verlo si se trata de goles, y no cuando de otras cosas Quizás la solución pase por ir todo el día en pantalón corto pateando un balón. O no.