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Gátova se siente y se ama desde el mismo momento en que la pisas. Quienes hemos nacido o crecido aquí sabemos que cada camino, cada huerta, cada fuente, cada bancal y cada rincón guardan una parte de nuestra historia.
Mi abuela me enseñó a amar cada palmo de los 30,4 kilómetros cuadrados de este término municipal. Recuerdo ir de pequeñito con ella a coger peras a la huerta; ir al Rebollo a coger cerezas del tío Rafael; comprarle tomates y bachoqueta a Hermelando, hasta que fui yo mismo quien comenzó a plantarla. Recuerdo comprar el pan en Amparín y Marín; ir a por maíz partido para mi codorniz a la tienda de Elena, mirar aquellos chicles que había sobre el mostrador y las manzanas que encontraba al entrar.
Recuerdo ir a Arturo, María o Consuelín. Cenar sobrasada de Consuelo o de Sofía dentro de una micha de aquel pan tradicional. Ir a por un helado o salir a cenar en nuestros bares, donde nadie es un desconocido y cada conversación forma parte de la vida del pueblo.
Gátova también son aquellas noches a la fresca con Rosita, Andrónico, la tía Isabel y Luis. Las sillas en la calle, las conversaciones sin mirar el reloj y esa forma tan nuestra de compartir la vida junto a la puerta de casa.
Son las tardes eternas jugando al guiñote. Son aquellas aventuras en las que nos creíamos Gandalf, Legolas, Aragorn o Gimli y corríamos con un palo —que todavía recuerdo perfectamente— o con un arco entre las manos, convencidos de que nuestros caminos y montañas eran la Tierra Media.
Gátova es inventarnos nuestro propio juego sobre un cartón en el bar Pina y conseguir que aquel tablero improvisado se convirtiera en el mejor juego del mundo. Es apagar el teléfono para poder llegar un poco más tarde a casa. Es molestar a algún vecino hasta que te caía un cubo de agua desde una ventana. Es meterte en la piscina y aguantar la respiración por lo fría que estaba el agua. Es jugar al escondite y descubrir rincones que, durante unos minutos, nos parecían imposibles de encontrar.
Son las rutas por la montaña con mis amigos y algún que otro viaje en tractor. Todavía recuerdo aquellos pantalones negros de aceite después de ir detrás del tractor de Trinitario por el Vallejo. Momentos que entonces parecían cotidianos y que hoy comprendo que eran extraordinarios.
Gátova es ir a coger almendras a la Cañadica, pelarlas y dejarlas secar en la calle. Es ir a la oliva para poder tener nuestro propio aceite. Es ocupar pajares abandonados y cualquier cueva que encontrábamos para montarnos una caseta que, durante unas horas, se convertía en nuestro pequeño mundo.
Es coger cangrejos de río y sapos. Jugar a los toros entre las barreras, al fútbol y al frontón. Caernos, rascarnos las rodillas, levantarnos y continuar jugando. Es algún que otro enganchón, alguna travesura y tantas historias que todavía hoy recordamos entre risas.
Gátova es comer cerezas hasta reventar. Es conocer el nombre de los caminos, reconocer el sonido del agua y saber qué árbol daba la mejor sombra. Es aprender desde pequeños que la tierra no es algo que simplemente se posee: se trabaja, se cuida, se ama, se hereda y se entrega a quienes vienen detrás.
Y podría escribir un sinfín de cosas más, porque Gátova lo tiene todo. Absolutamente todo. Tiene naturaleza, historia y patrimonio, pero, sobre todo, tiene alma. Un alma que vive en su gente: en quienes siempre han permanecido aquí, en quienes tuvieron que marcharse y nunca dejaron de regresar y en quienes eligieron este pueblo para comenzar una nueva vida.
Porque Gátova no son hectáreas. No son cifras sobre un mapa, porcentajes de superficie ni balances que dejan de ser noticia con el paso de los días. Gátova es nuestra vida, nuestros recuerdos y el oxígeno que respiramos.
Por eso, al escribir estas líneas, sigo emocionándome. Todavía cuesta mirar hacia nuestra montaña y aceptar lo sucedido. El incendio ha dejado una herida abierta en el paisaje que nos ha visto crecer, pero no puede borrar todo lo que allí hemos vivido ni todo lo que todavía nos queda por vivir.
Cada pino quemado formaba parte de nuestro horizonte. Cada senda afectada llevaba hasta algún recuerdo. Cada zona ennegrecida había sido escenario de paseos, juegos, trabajos, conversaciones y sueños. Cuando arde nuestra montaña no perdemos únicamente masa forestal: perdemos paisaje, biodiversidad, protección, memoria y una parte de nosotros mismos. Para los gatoveros, ninguna cifra puede explicar lo que eso significa.
Pero Gátova es mucho más que esta herida. Y los gatoveros también sabemos levantarnos. Lo hemos hecho siempre.
Ahora llega el momento de trabajar, exigir ayuda, proteger lo que queda y recuperar todo lo que sea posible. No permitiremos que el incendio desaparezca de la conversación cuando deje de aparecer en las noticias. Gátova necesitará apoyo durante mucho tiempo y no vamos a permitir que nadie la olvide.
Volveremos a recorrer nuestros caminos. Volveremos a cuidar nuestros campos, a coger almendras en la Cañadica, a recoger la oliva, a comer cerezas, a sentarnos a la fresca y a enseñar a quienes vienen detrás a amar cada rincón como nuestras abuelas nos enseñaron a nosotros.
Porque Gátova no es solamente el lugar donde vivimos.
Gátova es nuestra vida, nuestra memoria y nuestro oxígeno. Y los gatoveros vamos a defenderla, cuidarla y hacerla renacer.