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Hacerse un cine

Susana Gisbert
SUSANA GISBERT. /EPDA
SUSANA GISBERT. /EPDA

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Hacía tiempo que no lo hacía. Pese a gustarme mucho el cine, hacía tiempo que no iba a una sala de proyección, algo que he hecho dos veces en estas últimas semanas. Y, al margen de las películas, que me gustaron, lo que vi me gustó poco. O nada.

En un caso, era domingo por la noche y estábamos solas mi hija y yo. Y no se trataba de un filme minoritario, sino de una película anunciada en televisión en un céntrico y conocido cine. Y la verdad, daba mucha pena.

En el otro caso, la cosa estuvo un poco mejor, pero solo un poco. Con suerte, llenamos la tercera parte de los asientos de una de las salas pequeñas. Y también me dio pena.

Soy consciente de que hay mucho trabajo detrás, y también de que ese trabajo tiene poco sentido sin un público que lo apoye. Porque el problema no es que la obra no guste, sino que nadie vaya a verla.

Supongo que hay muchos factores que confluyen a ese resultado. De una parte, la profusión de ofertas en plataformas y, de otro, ese cambio de costumbres que, querámoslo o no, nos trajeron la pandemia y sus restricciones. En muchos casos dejamos abruptamente de realizar actividades que luego no hemos retomado. 

La verdad es que, después de sentarme en mi butaca, sin otra cosa que hacer que atender a la película, sin distracciones ni interferencias externas, me di cuenta de lo que me estaba perdiendo. Ir al cine no es lo mismo que ver una película, aunque pueda parecerlo. Es salir de casa, picar algo o hincharse de palomitas, ver la obra en el espacio para en que fue concebida y hacerlo sin mirar el móvil, preparar la cena, atender a los niños o hacer cualquier otra cosa. Es darse un pequeño placer que vale la pena.

También hubo otra cosa que me entristeció. Ya apenas había taquillas atendidas por personas, sustituidas por máquinas donde sacarte más o menos cómodamente la entrada. Ya hacía mucho tiempo que desaparecieron los acomodadores y sus linternas, sustituidos por un “búscate la vida” con la luz del móvil como sucedáneo, y la mayoría de taquilleros han seguido la misma suerte. O más bien la misma desgracia. Pero claro, si la gente que va al cine es tan poca, parece lógico que tengan que reducir personal a cualquier precio. Ya lo hicieron en su día la mayoría de gasolineras, a pesar de que se siga poniendo gasolina, así que en este caso es inevitable.

No sé adonde iremos a parar. Pero deberíamos replantearnos muchas cosas. La cultura merece un poco más de atención.

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Susana Gisbert
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