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Reconozco que hay veces que me sorprende escuchar que pedir información, revisar expedientes o formular preguntas en un pleno se vea como algo negativo. Como si interesarse por la gestión municipal fuera un problema y no una obligación.
Sin embargo, precisamente para eso nos han elegido los vecinos. La labor de un concejal no consiste únicamente en asistir a actos, votar propuestas o intervenir en los plenos. También consiste en comprobar cómo se gestionan los recursos públicos, analizar las decisiones que se toman y pedir explicaciones cuando sea necesario. Porque el dinero que administra un Ayuntamiento no pertenece a ningún partido político. No pertenece al gobierno de turno. Es dinero de todos los vecinos.
Por eso considero que preguntar nunca debería molestar. Al contrario. Un Ayuntamiento que trabaja con transparencia no debería tener ningún inconveniente en explicar sus decisiones, facilitar información o aclarar cualquier duda que pueda surgir. A veces las preguntas son incómodas. Lo entiendo. Nadie disfruta teniendo que justificar constantemente cada paso que da.
Pero la democracia funciona precisamente así. Unos gobiernan y otros fiscalizan. No son funciones enfrentadas. Son funciones complementarias y necesarias para garantizar una buena gestión. Cuando revisamos contratos, analizamos decretos o solicitamos documentación, no lo hacemos por generar polémica. Lo hacemos porque creemos que los vecinos tienen derecho a saber cómo se utiliza cada euro de sus impuestos y cómo se toman las decisiones que afectan a su día a día.
La transparencia no debilita a las instituciones. Las fortalece. Algunos consideran incómodo el control. Yo considero más incómodo el silencio. Porque cuando nadie pregunta, nadie explica. Y cuando nadie explica, quienes pierden son siempre los vecinos. Por eso seguiré preguntando. No por interés político, sino por responsabilidad. Porque fiscalizar no es una opción. Es una obligación. Y esa responsabilidad no entiende de siglas.