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Manual para no vivir

BLAS VALENTÍN

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En una conversación con Jesús Quintero, Antonio Gala imaginó un futuro en que la gente viviría guiada por folletos. Folletos para saber cómo tener éxito, cómo hacer amigos, cómo conquistar a una mujer, cómo divertirse, cómo construir una casa, cómo conducirse en la vida. Todos leerían los mismos manuales, todos obedecerían parecidas indicaciones, todos acabarían pareciéndose un poco más. Las relaciones, decía, serían más fáciles, pero también más aburridas. Y la inteligencia natural sería sustituida por inteligencias artificiales que no nos ayudarían tanto a ser felices como a pasar el tiempo. 

Durante años esa intuición pudo parecer una exageración brillante, una de esas frases en que Gala mezclaba lucidez, teatro y melancolía. Hoy empieza a parecer una descripción bastante exacta de nuestra vida diaria. Los folletos ya no vienen impresos. No se compran en un quiosco ni se guardan en un cajón. Responden al instante desde una pantalla. No se cansan, no carraspean, no se contradicen con pudor humano. Ofrecen siempre una respuesta. Suavizan, corrigen, redactan, consuelan. La tecnología prometía inteligencia y ha multiplicado manuales para vivir sin vivir. 

No consultamos solo datos. Consultamos tonos, salidas, coartadas, maneras de presentarnos ante los otros. Pedimos cómo pedir perdón, cómo rechazar una invitación, cómo escribir a alguien que nos gusta, cómo contar una pena sin parecer pesados, cómo defendernos sin parecer agresivos. También preguntamos lo que antes daba vergüenza preguntar: cómo gustar, cómo volver a intentarlo, cómo no parecer desesperados, cómo responder a quien nos ha herido, cómo irnos sin parecer crueles. La pregunta ya no es únicamente qué debo saber, sino qué versión de mí puede soportar mejor la mirada de los demás. 

En el aula ya se nota. Desde hace un tiempo, los trabajos hechos en casa llegan demasiado limpios; por eso he dejado de pedirlos. Muchos adolescentes no usan estas herramientas solo para resolver tareas. Las usan para encontrar la manera de decir algo: una redacción más ordenada, una respuesta adecuada, una frase que no falle. A veces no buscan pensar, sino quedar bien. Otras, más inquietantes, buscan no exponerse. La máquina les devuelve una versión corregida de sí mismos antes de que hayan tenido tiempo de equivocarse con su propia voz. 

Pero sería demasiado cómodo cargar todo sobre los adolescentes. Ellos solo han llegado después. Los adultos llevamos años convirtiendo la inseguridad, el deseo, la educación de los hijos, el cuerpo o la vejez en problemas que alguien promete resolver con un método. 

Ahí entra también la vanidad. No la vieja vanidad de quien quería ser admirado por lo que era, sino otra más pobre: la de quien necesita producir constantemente una versión aceptable de sí mismo. La foto correcta, la frase correcta, la respuesta correcta. Incluso la autenticidad se ha llenado de instrucciones. Hay que parecer espontáneo, pero sin descontrol; vulnerable, pero solo hasta donde conviene. 

El peligro no está solo en que una máquina nos engañe. También puede ayudarnos: ordenar una idea, corregir una torpeza, encontrar una palabra que no salía. Sería absurdo negarlo. El problema empieza cuando esa ayuda se vuelve demasiado amable. Un buen amigo a veces contradice. Un padre pierde la paciencia. Un profesor mete la pata. Una conversación verdadera deja zonas sin resolver. La inteligencia artificial, en cambio, responde. Su forma habitual de estar ante nosotros es la disponibilidad. Siempre hay una frase más, otra versión, una salida verbal para no quedarnos a solas con lo que no sabemos decir. Y en esa salida empieza a borrarse algo nuestro. 

Por eso conviene desconfiar un poco de tanta facilidad. El problema aparece cuando empezamos a pedirle otra cosa: una frase mejor, una respuesta menos torpe, una imagen pública más presentable, incluso una emoción corregida. Delegar algunas cosas puede ser inteligente. Delegarlo todo se parece ya a una forma discreta de desaparición. Al final queda una versión más eficaz de uno mismo. Más correcta, más funcional, más aceptable. También más obediente. Un no-yo cuidadosamente redactado. 

Hay cosas que solo se aprenden mal, tarde, con vergüenza, con silencio, con una frase desafortunada, con una conversación que no salió bien, con un afecto que nadie supo ordenar a tiempo. La inteligencia artificial puede corregir muchas de esas torpezas. Nos quita la mala frase, la duda, el temblor, la lentitud, el error. Y parece una mejora. Pero ahí estaba todavía la persona: en lo que no sabía decir del todo. 

Antonio Gala temía un mundo de relaciones fáciles y aburridas. Estamos entrando en él. Sobran palabras y faltan voces. Sobran fórmulas y empieza a entregarse incluso el temblor de comunicarnos. Una vida sin temblor, sin error y sin voz propia puede resultar muy correcta. A menudo funciona mejor. Pero también puede quedarse vacía, obediente, guiada por instrucciones que ayudan a pasar el tiempo. No a vivirlo.

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