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Cada día nos cruzamos, uno en cada dirección. Al principio me sorprendió su aspecto desaliñado y su conversación en elevado tono -de discusión, incluso pensé- con el móvil sostenido en su mano derecha en posición perpendicular a su oreja de ese mismo lado. Me pareció una más de esas personas que no se plantean que posiblemente al resto no nos interese su diálogo y que nos lo endosan sin consulta ni petición.
Me he acostumbrado -creo que por suerte para mi paz mental- a evadirme de charlas ajenas. No obstante, no pude evitar que me impactara una frase que lanzó una de las últimas veces que coincidimos en el mismo tramo de la calle Alicante: “Mi ídolo político es Ábalos”. Por primera vez le vi esbozar una sonrisa para acompañar al comentario. Hasta ahora siempre le observaba un rictus de enojo permanente, muy en consonancia con su forma de gesticular y hablar por teléfono. No sé si ese nuevo gesto me inquietó más sobre su personalidad…
Si me lo encontrara en otro entorno menos efímero posiblemente le preguntaría por la motivación de esa frase; en cualquier caso, no voy a pararle en la calle para hacerlo, aunque su presencia forma parte de mi día a día.
Como el de la señora de origen rumano que se instala en una sombra aledaña a la plaza de toros a solicitar una ayuda a los viandantes; la joven estilizada con la que me suelo cruzar a la altura de la estación; el frutero que solo me saluda cuando entro a comprarle pese a que he pasado por la puerta de su local cientos de veces…
Todos, principalmente en las ciudades, podríamos enumerar a personas que a diario transitan fugazmente a nuestro lado. No sabemos sus nombres, aunque observamos su presencia, que en ocasiones ejerce de recordatorio; nos hace ver si estamos llegando a la hora habitual a nuestro punto de trabajo o de estudios o donde se trate, o si vamos con retraso o adelanto, en función de a qué altura de la calle nos crucemos.
Y, si no lo hacemos, de alguna manera las echamos de menos. Quizás por esa vertiente de utilidad cronológica. O porque nos recuerdan, para bien o para mal, una rutina propia. Incluso algunas veces, si nuestra mente no anda centrada o vagando en otras cuestiones, nos planteamos o conjeturamos quiénes son más allá de esa percepción tan pasajera que tenemos. Porque aunque desconocemos sus vidas forman parte de la nuestra.