Ir al contenido principal

La muralla de Valencia

Héctor González

“Una muralla que vaya desde la playa hasta el monte, desde el monte hasta la playa, allá sobre el horizonte”. La canción ochentera del dueto compuesto por Ana Belén y Víctor Manuel, aunque tiene un tinte reivindicativo, bien podría referirse a Valencia y a su muralla. O, más en concreto, a los restos de tramos de la edificación que, construida y reedificada, custodiaba la ciudad.

Resulta curioso pensar en la iglesia de San Agustín primero extramuros y luego junto a una de las puertas de la muralla que envolvía Valencia. O el lugar que ahora ocupa el palacio del Temple transformado en torre vigía de ese conglomerado defensivo. O contemplar el plano cartográfico -o la enorme maqueta de él que se expone en la entrada del Muvim- del Pare Tosca que data de los albores del siglo XVIII y tratar de identificar un entramado urbano circundado por una sólida muralla.

O subirse al autobús de la línea 5 de la EMT y sentirnos, con su recorrido, como si estuviéramos haciendo la guardia completa a la muralla, con paradas incluidas junto a las torres. O entrar en una panadería de la calle Roteros y situarnos frente a un retazo de muralla del siglo XI, de cuando Valencia era conocida como Balansiya y el insigne Jaume I todavía no había nacido.

O atravesar con un vehículo el túnel de Blanquerías y, al empezar a emerger con las Torres de Serranos como principal bastión de la panorámica, girarse hacia la derecha y sorprenderse con el resto de torreón empotrado -o más bien fue el espacio viario el que lo engulló dejando apenas un respiradero-. Da para un leve vistazo. Más tiempo, o se va de pasajero o se corre el riesgo de salirse del carril.

Y de este modo podríamos continuar circundando Valencia, con una mezcla de espíritu arqueológico, de afán de conocer el legado de generaciones pretéritas, de rastreador de vestigios o de caminante curioso. Descubriríamos porciones de muralla, ya sean del trazado árabe o del posterior cristiano, en lugares insospechados. Todo ello si queremos no bajar más allá, en lo que a historia se refiere, de la Edad Media. Si lo hiciéramos nos sorprenderían las huellas del pasado romano.

Aunque puestos a imaginar y a pensar cómo pudo ser, la construcción que, personalmente, más me gustaría explorar sería el Palacio Real, el situado en los actuales jardines de Viveros y que fue destruido durante la invasión napoleónica en el inicio del siglo XIX. ¿Cómo podría haber llegado hasta el XXI? Posiblemente -y pese a su belleza- el Palacio del Temple, La Lonja o el Almudín, por citar algunas de las construcciones pretéritas más imponentes, no alcanzarían su magnitud y esplendor.

Sobre el autor

Héctor González
Héctor González
Ver biografía
Lo más leído