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Hay algo casi ofensivo en la regularidad del Bolero de Ravel. Una caja comienza a marcar un ritmo y continúa haciéndolo mientras la orquesta se transforma a su alrededor. Entran los instrumentos, las melodías cambian de timbre, el sonido crece hasta adquirir una intensidad desmesurada. La caja no parece advertirlo. Repite lo mismo, compás tras compás, con una indiferencia que acabaría resultando insoportable si no formara parte de una composición musical. Nada de cuanto sucede consigue apartarla de su cometido. 

Nos tranquiliza que las cosas funcionen sin necesidad de nuestra intervención. Que los semáforos cambien de color, que alguien abra una panadería antes del amanecer, que los trenes salgan aproximadamente a su hora. Apenas pensamos en esa regularidad hasta que ocurre algo que vuelve extraña la normalidad. Entonces descubrimos que el mundo posee una capacidad de continuación que no habíamos calculado. 

Hay acontecimientos que dividen una existencia en dos partes. Antes de conocer una noticia y después de conocerla. Quien atraviesa esa frontera comprende que habrá cosas que ya no podrá volver a hacer, aunque todavía no sepa cuáles. Pero entra en un supermercado y encuentra a una mujer comparando dos marcas de detergente. Mira los precios, devuelve una botella a la estantería y se queda con la otra. Precisamente por eso resulta tan difícil contemplarlo. Para aquella mujer, la diferencia entre los dos precios sigue teniendo importancia. Para quien acaba de recibir la noticia, ha dejado de tenerla casi todo. 

La mujer no sabe nada. Tampoco tiene por qué saberlo. Quizá esté calculando cuánto dinero le queda hasta final de mes. Sus preocupaciones no pierden legitimidad porque alguien, a pocos pasos, haya dejado de reconocer la vida que llevaba hasta esa mañana. Lo que divide nuestra vida en dos puede no alterar un solo minuto de la vida de los demás. Hay personas que han estado tanto tiempo en nuestra vida que apenas sabemos imaginarla sin ellas. Su ausencia, sin embargo, no modifica el recorrido de un solo autobús. 

Y tampoco nosotros somos distintos. Hemos comprado detergente, discutido por asuntos menores y consultado el teléfono mientras alguien, a pocos metros, atravesaba el peor momento de su vida. Seguramente no lo recordamos. Para nosotros fue un martes cualquiera. Tal vez nos molestó la lentitud de una cajera o nos preocupó llegar tarde a una cita. Aquella persona pudo pasar a nuestro lado sin que levantáramos la mirada. Ni siquiera supimos que existía. 

En el Bolero, la caja continúa marcando su ritmo mientras la orquesta crece. Cerca del final, después de tantos minutos de estabilidad, la armonía se desplaza bruscamente y la música parece perder por un instante el suelo que la sostenía. La ruptura dura poco. Los instrumentos se precipitan hacia los últimos compases y la obra termina de golpe. Entonces se detiene también aquello que parecía incapaz de detenerse. 

Fuera de la música, las rupturas no tienen esa cortesía. Algo puede terminar para siempre en una habitación mientras, al otro lado de la pared, alguien se ríe ante un programa de televisión. La risa no es cruel. Tampoco es inoportuna. Pertenece a otra vida. No existe un último acorde que obligue a los demás a guardar silencio. La normalidad continúa porque nadie le ha pedido que haga otra cosa. Y aunque se lo pidiéramos, no sabría cómo obedecer. 

Pero todavía queda una forma de indiferencia más difícil de comprender. La de nuestro propio cuerpo. Podemos sentir que algo se ha roto definitivamente y descubrir, unas horas después, que tenemos sueño. O que nos molesta el frío. No es una decisión ni una manera de sobreponernos a lo sucedido. El cuerpo no distingue entre los días que recordaremos siempre y aquellos que desaparecerán de nuestra memoria. Continúa reclamando lo mismo. 

El Bolero termina después de unos quince minutos, según la interpretación. La caja deja de sonar. Fuera de la música, entretanto, nadie ha interrumpido sus ocupaciones. Quien recibió aquella noticia tal vez permanezca sentado mucho tiempo, sin conseguir imaginar cómo será el día siguiente. Hasta que descubra que tiene hambre.

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BLAS VALENTÍN
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