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La primera vez que presidí una mesa electoral tenía dieciocho años. Era 1993, en Casas Bajas, un pueblo del Rincón de Ademuz. Voté al Partido Obrero Revolucionario. No me había convertido al trotskismo ni esperaba que aquella formación alcanzara el Gobierno. Para el Senado elegí candidatos de partidos distintos, procurando que ninguno tuviera posibilidades reales de obtener representación. Era mi manera de participar sin confiar en quienes podían ganar.
Al terminar el escrutinio, un representante del Partido Popular examinó los resultados y dijo: «El que haya votado al Partido Obrero Revolucionario es un gilipollas». No contesté. Me hizo gracia que el destinatario de aquella sentencia estuviera allí mismo, presidiendo la mesa. Han pasado más de treinta años y todavía recuerdo sus palabras.
Desde entonces he votado a candidaturas extravagantes y me he abstenido en distintas ocasiones. En las elecciones generales de 2023, aproximadamente tres de cada diez electores no acudieron a votar. No todos eran ciudadanos desencantados. La abstención reúne indiferencia, rechazo, falta de alternativas y circunstancias personales muy distintas. Pero entre esas ausencias hay una pregunta que las estadísticas no pueden responder por sí solas: ¿cuántas corresponden a personas que han dejado de confiar?
Mi desconfianza, sin embargo, no me impide reconocer excepciones. He conocido a políticos a los que habría confiado responsabilidades importantes, como Javier Paniagua Fuentes, historiador y antiguo director de la UNED en Valencia, cuya manera de entender la política he podido conocer de cerca. También recuerdo a figuras tan distintas como Julio Anguita y Manuel Fraga. Defendían ideas profundamente enfrentadas, pero ambos tenían formación, convicciones y una voz propia. No pretendo idealizar el pasado, sino reivindicar algo que nunca debería resultar excepcional: la posibilidad de respetar a un adversario sin compartir sus ideas.
Siempre ha habido políticos ambiciosos, mentirosos y oportunistas. Lo inquietante es que la mentira y el oportunismo puedan facilitar el ascenso. En el camino hacia lo más alto, la inteligencia, la honradez o el sentido de la responsabilidad pueden importar menos que la obediencia, la disposición a traicionar o la habilidad para defender hoy lo contrario de lo que se defendía ayer. Quien se niega a participar en ese juego puede quedarse por el camino; quien acepta sus reglas tiene más oportunidades de continuar. No es solo el poder el que corrompe a los políticos. También la disposición a corromperse permite a algunos alcanzarlo.
También fui concejal de Casas Bajas. No me gustó nada. Las reuniones me aburrían y procuraba mantenerme al margen de los asuntos municipales. Me gustaba demasiado mi vida privada para dedicarme a los asuntos públicos. No lo digo como una virtud: había aceptado una responsabilidad que exigía una dedicación que yo procuraba evitar.
De vez en cuando me cruzo por Casas Bajas con aquel representante del Partido Popular que me insultó sin saberlo. Me sigue pareciendo una estupenda persona. Él defendía a un partido que podía gobernar; yo había votado a uno que no tenía ninguna posibilidad de hacerlo. Entonces me divertía votar a quienes no podían ganar. Ahora me fastidia lo que algunos están dispuestos a hacer para conseguirlo.