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Pérez Llorca

SANTI ROVIRA.
El president de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, en una imagen de archivo.
El president de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, en una imagen de archivo.

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Ayer me tomé la molestia de desgranar las siete horas de discursiva que se sucedieron en el hemiciclo de Les Corts Valencianes. Y lo hice desde mi escritorio, mientras repasaba los temas de la oposición, encadenando cantes a contrarreloj, memorizando artículos y tratando de construir, palabra por palabra, un futuro profesional basado en el esfuerzo.

Al otro lado de la pantalla se representaba otra cosa.

Vi una política convertida en espectáculo. Aspavientos. Gesticulación. Escenografía. Una sucesión de movimientos perfectamente calculados para ocupar la tribuna, dominar el plano y transmitir una sensación de autoridad que, cuando se retira el decorado, deja una pregunta incómoda: ¿cuánto proyecto queda cuando desaparece la representación?

Y entonces llegaron los aplausos.

Una catarata de palmas.

Pero había algo particularmente revelador en aquella escena: algunos aplaudían sin que pareciera acompañarles ni siquiera una sonrisa. Palmas por inercia. Palmas por disciplina. Palmas porque toca aplaudir. Como si el aplauso hubiera dejado de ser reconocimiento para convertirse en mecanismo de supervivencia.

Ahí estaba, quizá, la verdadera fotografía de la jornada.

No una victoria.

No un proyecto.

No una idea capaz de incendiar de entusiasmo a quienes la escuchaban.

Un aparato aplaudiendo a un aparato.

Y eso es lo verdaderamente demoledor.

Porque una organización política no empieza a morir cuando pierde unas elecciones. Empieza a morir cuando necesita sustituir la convicción por la coreografía; las ideas por la consigna; el liderazgo por el espectáculo; y la argumentación por una bancada levantándose automáticamente para fabricar una ovación.

Y, en medio de todo aquello, apareció otra forma de hacer política.

Vi a Juanfran Pérez Llorca llegar con un paquete de medidas, compromisos concretos y una palabra que, según pudo comprobarse en el debate, venía acompañada de hechos. Y queridos lectores: no me daría el espacio de estos párrafos para enumerar una por una todas las medidas anunciadas y comprometidas.

Porque ahí está precisamente la diferencia.

Cuando hay trabajo, no hace falta convertir cada intervención en una performance. Cuando hay gestión, no hace falta suplirla con aspavientos. Cuando hay compromisos que se cumplen, la política deja de ser una cuestión de volumen y vuelve a ser una cuestión de resultados.

Unos necesitan que los aplaudan para demostrar que siguen ahí.

Otros pueden permitirse algo mucho más incómodo para quien vive de la escenografía: enseñar lo que han hecho y lo que van a hacer.

Y esa diferencia, queridos lectores, no cabe en siete horas de discursos.

Porque al final la política no se mide por los decibelios de una bancada, sino por la distancia entre una promesa y su cumplimiento.

No por cuánto se agita una tribuna, sino por cuánto cambia la vida de quien está al otro lado.

No por cuántas manos se levantan para aplaudir, sino por cuántos compromisos pueden señalarse después y decir: esto se dijo y esto se hizo.

Ahí es donde el espectáculo empieza a quedarse sin argumento.

Porque cuando enfrentas la política del gesto contra la política del hecho, el maquillaje dura exactamente lo que tarda en apagarse la cámara.

Y entonces queda lo esencial:

una tribuna, un expediente, una medida y una palabra dada.

Lo demás es ruido.

Mucho ruido.

Mucho aplauso.

Mucho movimiento.

Y cada vez menos política.

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