Añadir El Periodico de Aquí como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Hay noticias que uno escribe como periodista y otras que siente antes incluso de sentarse delante del ordenador, y el incendio de El Saler pertenece para mí claramente a esta segunda categoría, porque durante la última década he sido vecino de la Devesa, he paseado por sus caminos, he visto amanecer entre sus pinos, he escuchado ese silencio tan particular que existe a apenas unos kilómetros del centro de Valencia, interrumpido por los patos de l'Albufera en invierno, y he aprendido a entender que vivir allí no era simplemente residir junto al mar y l'Albufera, sino convivir con uno de los mayores tesoros naturales que tenemos los valencianos.
Por eso ver arder El Saler produce una mezcla difícil de explicar de tristeza, impotencia y rabia, porque no estamos hablando de un parque urbano ni de una zona verde que pueda recuperarse con unas cuantas plantaciones y una partida presupuestaria, sino de un ecosistema de altísimo valor ecológico que forma parte inseparable del Parque Natural de l'Albufera y que representa uno de los escasos grandes espacios naturales que una ciudad como Valencia ha conseguido conservar junto al Mediterráneo.
Durante años uno termina acostumbrándose, quizá demasiado, a la belleza de la Devesa, a sus pinos inclinados por el viento marino, a las dunas, a las malladas, al olor de la vegetación después de una tormenta y a esa sensación de estar en plena naturaleza cuando en realidad te encuentras prácticamente pegado a una gran área metropolitana. Salir de Valencia por la CV500 y atravesar el Saler junto al embarcadero, hasta Gavines, o yendo a comer al Palmar o al huerto que tenía alquilado en esta pedanía, permitía contemplar la joya medioambiental de Valencia. Precisamente por conocerla tan bien, duele todavía más contemplar ahora imágenes de humo, llamas y hectáreas abrasadas.
Hablar simplemente de superficie quemada sirve para elaborar estadísticas, pero no explica lo que significa realmente un incendio en un lugar como este, porque cada hectárea de la Devesa encierra décadas de vida natural y cada pino adulto que desaparece necesitó años para alcanzar su tamaño, mientras que bajo cada zona de matorral existe un pequeño universo de insectos, reptiles, aves y mamíferos que forma parte de un equilibrio extremadamente frágil y que ha quedado arrasado en cuestión de horas.
La naturaleza volverá a abrirse paso y habrá trabajos de regeneración, actuaciones forestales, estudios técnicos y planes de restauración, pero conviene no engañarse con discursos demasiado optimistas, porque lo que el fuego destruye en una tarde puede necesitar años, e incluso décadas, para recuperarse plenamente. Una generación entera perdemos mucho más que un paisaje de ensueño. Por eso lo ocurrido supone un golpe durísimo al pulmón verde de Valencia y a uno de los espacios de mayor valor ecológico de toda nuestra Valencia.
Quienes hemos vivido en la Devesa sabemos que llamarla pulmón verde no es una exageración, porque este enclave constituye una auténtica barrera natural entre el Mediterráneo, l'Albufera y la gran área metropolitana, y además conserva un paisaje que estuvo a punto de desaparecer bajo el hormigón en los años setenta, cuando una parte de la sociedad valenciana se rebeló contra los proyectos urbanísticos que amenazaban El Saler. Hoy quedan esas torres de apartamentos con vistas privilegiadas y un puñado de urbanizaciones integradas en el parque que llorarán la desgracia durante mucho tiempo.
Hemos vuelto a fallar como sociedad, nuestras administraciones no han estado a la altura. No es suficiente con reaccionar cuando aparecen las llamas, porque una zona de estas características necesita vigilancia permanente, prevención, mantenimiento forestal adecuado, control de accesos cuando existe riesgo extremo y recursos suficientes durante todo el año. Me cansé de escribir al respecto. Vivimos en una zona donde los incendios forestales forman parte de nuestra realidad climática desde hace siglos y sabemos perfectamente cuáles son los riesgos, por lo que resulta difícil aceptar que cada verano determinados espacios naturales se conviertan en una especie de ruleta rusa mientras después escuchamos discursos sobre regeneración cuando el daño ya está hecho.
Habrá que investigar hasta el último extremo qué ha provocado este incendio, determinar si fue accidental, si existió negligencia o si hubo algún tipo de intencionalidad, y en cualquiera de esos escenarios deberán exigirse responsabilidades si las hubiera, porque atacar por acción u omisión un espacio de esta importancia ecológica no puede convertirse en una anécdota más del verano.
Más allá de las causas, sin embargo, existe también una responsabilidad colectiva que consiste en cuidar la Devesa como merece. Durante diez años he tenido la inmensa suerte de poder considerarla mi casa y quizá por eso nunca he podido verla únicamente como un paisaje bonito, porque vivir allí significa despertarse escuchando pájaros dentro del término municipal de Valencia, salir caminando y llegar al Mediterráneo atravesando un bosque, contemplar l'Albufera desde rincones donde cada puesta de sol parece distinta y comprobar que todavía existen lugares donde la naturaleza ha conseguido sobrevivir a una de las costas más urbanizadas de España.
Todo eso tiene un valor imposible de calcular y precisamente por eso cada árbol que arde allí duele de una manera especial. Los valencianos hemos cometido durante décadas errores enormes con nuestro territorio, hemos urbanizado demasiado, hemos construido demasiado cerca del mar y hemos destruido paisajes que jamás volverán, de manera que los espacios que todavía conservamos deberían ser tratados casi como sagrados.
La Devesa lo es, l'Albufera lo es y El Saler también, porque no pertenecen a un gobierno, ni a un ayuntamiento, ni a una generación concreta, sino que los hemos recibido como herencia y tenemos la obligación de entregarlos en condiciones dignas a quienes vivirán aquí dentro de cincuenta o cien años.
Cuando el incendio termine, desaparezcan las llamas y los medios de comunicación dejen de abrir sus informativos con imágenes de humo sobre los pinos, comenzará la parte más importante, que será recuperar, proteger, vigilar y aprender de lo ocurrido para que una tragedia semejante no vuelva a repetirse.
Después de diez años viviendo como vecino de la Devesa, no puedo contemplar este incendio como una noticia más ni como una simple estadística forestal, porque para quienes hemos hecho vida allí, hemos recorrido sus caminos y hemos sentido ese espacio como parte de nuestro entorno cotidiano, lo que ha ardido no es simplemente una parte del Parque Natural de l'Albufera, sino también una parte de nuestra propia casa y, en definitiva, una parte de Valencia.