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Vivimos tiempos en los que parece haberse impuesto una única norma: todo vale si sirve para atacar al adversario. España se ha convertido en un país donde demasiados ciudadanos han dejado de analizar los hechos para limitarse a defender unas siglas. La política ya no se vive como un debate de ideas, sino como un enfrentamiento entre trincheras.
Cada mañana las redes sociales se llenan de consignas. Unos hablan de lawfare. Otros responden con la cloaca. Unos señalan a "los 61". Los otros contestan llamando "buleros" a quienes tienen enfrente. Cada bando posee su propio diccionario, sus propios medios de referencia y hasta sus propios héroes y villanos. Lo importante ya no es descubrir la verdad, sino alimentar el relato.
Lo verdaderamente preocupante es que muchos ciudadanos han dejado de preguntarse si una denuncia, una información o una investigación son ciertas. La única cuestión parece ser quién la protagoniza. Si afecta a "los míos", automáticamente se desacredita al juez, al periodista o al denunciante. Si perjudica al rival, entonces pasa a ser una prueba irrefutable. La doble vara de medir se ha convertido en una forma de hacer política.
Las redes sociales han acelerado este fenómeno hasta extremos difíciles de imaginar hace apenas una década. Los algoritmos premian la indignación, el insulto y la exageración. Cuanto mayor es el enfrentamiento, mayor es la difusión. Y así se alimentan auténticas sectas políticas incapaces de admitir un solo error propio mientras magnifican cualquier fallo ajeno.
Resulta llamativo comprobar cómo personas que se presentan como adalides de la regeneración democrática guardan silencio cuando los casos afectan a su espacio político. Quienes exigen dimisiones inmediatas en un lado encuentran siempre una explicación cuando el escándalo aparece en el otro. La corrupción deja de ser corrupción dependiendo del color del carnet.
¿Tan difícil es mantener el mismo criterio para todos?
¿Tan complicado resulta condenar la corrupción venga de donde venga?
¿De verdad cuesta tanto denunciar el nepotismo cuando beneficia a los propios?
¿Acaso el enchufismo deja de ser inmoral porque lo practique nuestro partido favorito?
El problema es que durante el franquismo hubo nepotismo y enchufismo de las clases dominantes y la democracia ha extendido esas prácticas a todos los partidos y estamos institucionales.
Una democracia sana necesita ciudadanos críticos, no creyentes políticos. Personas capaces de reconocer los aciertos del adversario y los errores de quienes votan. Porque el dinero público no pertenece ni a la izquierda ni a la derecha; pertenece a todos los españoles. Y quien lo administra debe responder exactamente igual, con independencia de las siglas que figuren en la puerta de su sede.
La historia demuestra que las sociedades no se deterioran únicamente por culpa de los corruptos. También lo hacen cuando millones de ciudadanos dejan de exigir responsabilidades porque consideran que "los suyos" nunca pueden equivocarse. Ese es el verdadero peligro de la polarización: convierte la ética en una cuestión partidista.
No necesitamos más fanáticos. No necesitamos más ejércitos digitales dedicados a difamar al contrario durante veinticuatro horas al día. Necesitamos recuperar algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: el espíritu crítico.
Porque la corrupción no cambia de nombre según quién la cometa.
El nepotismo no deja de existir cuando beneficia a quienes pensamos que tienen razón.
El enchufismo no se convierte en mérito por llevar determinadas siglas.
Repitan conmigo: esfuerzo y meritocracia. Eso debe guiar un Estado moderno.
Y la mentira sigue siendo mentira aunque la difunda quien queremos que gane las próximas elecciones.
Mientras sigamos viendo la paja en el ojo ajeno e ignorando la viga en el propio, España continuará avanzando hacia una sociedad cada vez más dividida, más sectaria y más incapaz de escucharse a sí misma. No estamos en una guerra civil, por supuesto, pero sí corremos el riesgo de instalar una cultura política donde el adversario deja de ser un rival democrático para convertirse en un enemigo al que hay que destruir.
Ese camino nunca termina bien.
Pere Valenciano
Director y fundador de El Periódico de Aquí