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La demonización de la Ruta del Bakalao: hipocresía, doble vara de medir del Gobierno de España y ‘menonfotisme’ valenciano

Pere Valenciano, director de El Periódico de Aquí.
Un grupo de jóvenes posa durante los años de auge de la Ruta del Bakalao, uno de los movimientos culturales y musicales más influyentes de la Comunitat Valenciana.
Un grupo de jóvenes posa durante los años de auge de la Ruta del Bakalao, uno de los movimientos culturales y musicales más influyentes de la Comunitat Valenciana. // Valencia Secreta

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La emisión de Anatomía de… dedicada a la Ruta del Bakalao ha vuelto a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿cómo pudo uno de los movimientos culturales y musicales más influyentes de la España contemporánea acabar reducido durante décadas a una caricatura de drogas, accidentes y decadencia?

La respuesta no está solo en Madrid ni en los grandes medios nacionales. También está en Valencia. Porque mientras desde fuera se construía un relato simplista y sensacionalista, aquí fueron demasiados los que optaron por callar o incluso sumarse a esa demonización. Era más fácil renegar de la Ruta que reivindicar su complejidad.

Nadie con un mínimo de rigor puede negar que hubo consumo de drogas, exceso de alcohol o tragedias en la carretera. Sería absurdo. Pero no era un territorio comanche, como muy bien dijo en laSexta Salvador Enguix, delegado de La Vanguardia. Pero convertir esos elementos en la esencia de la Ruta fue una enorme manipulación. Encabezada por el ministro socialista José Luis Corcuera, el de la patada en la puerta sin necesidad de orden judicial, junto a Rafael Vera. Porque entonces habría que concluir que cualquier gran fenómeno festivo del mundo —desde Ibiza hasta Berlín, pasando por festivales multitudinarios o las zonas de ocio de cualquier capital europea— puede definirse únicamente por los excesos de una parte de sus asistentes. Se atrevieron en Valencia lo que nunca se hizo en Madrid, Ibiza o Barcelona.

La diferencia es que a la Ruta del Bakalao se le negó el contexto.

Antes de convertirse en un fenómeno de masas, la Ruta fue una revolución cultural. En sus salas sonaban estilos musicales que apenas tenían espacio en las radios comerciales españolas. DJs valencianos marcaban tendencias antes que muchos clubes europeos. La creatividad estética, el diseño gráfico, la moda y una manera distinta de entender la noche nacieron allí mucho antes de que la palabra “clubbing” se pusiera de moda.

Pero cuando el fenómeno creció, también se convirtió en un objetivo perfecto para el espectáculo mediático. Coincidió con la desgracia de la desaparición y asesinato de las niñas de Alcàsser. Las imágenes de jóvenes consumiendo drogas o los accidentes de tráfico generaban audiencia. Era más sencillo construir un enemigo moral que explicar un movimiento cultural complejo.

Mientras tanto, otras fiestas con problemas similares jamás recibieron ese tratamiento permanente. Porque la droga no era patrimonio de la Ruta. Tampoco el alcohol. Ni los accidentes derivados de una mala planificación de la movilidad. Lo excepcional fue la intensidad con la que se utilizó el caso valenciano para fabricar un símbolo nacional de la decadencia juvenil.

Y ahí Valencia falló.

Durante años, demasiadas instituciones, dirigentes y parte de la sociedad aceptaron ese diagnóstico sin combatirlo. En lugar de separar el valor cultural del fenómeno de sus excesos, se prefirió enterrar todo bajo la misma etiqueta. Parecía que avergonzarse de la Ruta otorgaba respetabilidad. El ‘meninfotisme’ volvía a demostrarse una vez más. Gilipollas.

Con el paso del tiempo, la historia ha empezado a corregir esa injusticia. Documentales, investigaciones y testimonios de protagonistas han permitido reconstruir un relato mucho más equilibrado. El programa Anatomía de… contribuye precisamente a ello: recordar que la realidad nunca fue tan simple como se contó durante décadas.

No se trata de idealizar el pasado ni de convertir la Ruta en un paraíso perdido. Se trata de exigir el mismo criterio que se aplica a cualquier otro fenómeno social. Reconocer los errores, condenar los excesos y las consecuencias del consumo de drogas, pero sin borrar el inmenso legado cultural, musical y creativo que dejó.

Porque la Ruta del Bakalao fue mucho más que las portadas sensacionalistas. Fue innovación, libertad creativa, vanguardia musical y una identidad valenciana que, durante demasiado tiempo, otros escribieron por nosotros mientras aquí permanecíamos en silencio.

Quizá la mayor lección no sea sobre la noche de los años ochenta y noventa, sino sobre el presente: si una sociedad no defiende su propia historia con matices y rigor, siempre habrá alguien dispuesto a contarla desde el prejuicio.

Sobre el autor

Pere Valenciano, director de El Periódico de Aquí.
PERE VALENCIANO
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