Hay noticias que cualquier partido firmaría sin pensarlo dos veces. El regreso de Mónica Oltra es una de ellas. Pocos dirigentes conservan años después de abandonar la primera línea la capacidad de generar expectación, movilizar simpatizantes y volver a ocupar titulares con la misma facilidad que ella. Para Compromís, su vuelta supone recuperar a su figura más reconocible y a la política valenciana con mayor capacidad de conectar emocionalmente con una parte importante del electorado progresista. Más y mejor que Joan Baldoví, y no digamos ya que Enric Morera o Àgueda Micó.
Sin embargo, toda gran fortaleza suele esconder una debilidad. Y precisamente ahí reside el principal desafío que afronta Compromís en los próximos años.
La cuestión no es si Oltra suma. Evidentemente suma. La cuestión es qué ocurre cuando una dirigente empieza a sumar más que las propias siglas.
La imagen de Mónica Oltra compartiendo escenario con Gabriel Rufián resulta especialmente simbólica. No tanto por el contenido político del encuentro como por lo que representan ambos dirigentes dentro de sus respectivas organizaciones. Los dos han conseguido construir una marca política propia que, en determinados momentos, ha llegado a tener más visibilidad pública que la de los partidos a los que pertenecen.
ERC conoce bien ese fenómeno. Durante años, Gabriel Rufián se convirtió en uno de los principales activos mediáticos del independentismo catalán. Su capacidad comunicativa, su presencia constante en el debate político y su autonomía discursiva acabaron situándolo en una posición singular. Para muchos ciudadanos era más fácil identificar a Rufián que explicar la estrategia de Esquerra Republicana.
Aquello tuvo ventajas evidentes. ERC ganó notoriedad, amplió su influencia y consiguió ocupar espacios que de otra manera habrían sido inaccesibles. Pero también generó tensiones internas y una sensación recurrente: en ocasiones parecía que el portavoz caminaba a una velocidad distinta a la del partido. De hecho, últimamente va por libre.
Compromís podría encontrarse ante una situación parecida.
Porque Oltra no vuelve como una dirigente más. Vuelve convertida en un símbolo político. Y los símbolos tienen una fuerza extraordinaria, pero también una enorme capacidad para alterar los equilibrios internos.
La coalición valencianista ha sido históricamente una organización coral. Con sus conflictos y contradicciones, siempre ha intentado proyectar la imagen de un proyecto colectivo donde convivían diferentes sensibilidades. Ese equilibrio nunca fue sencillo, pero permitió construir una identidad política que trascendía a cualquier nombre propio.
La pregunta es si esa lógica seguirá siendo posible cuando una figura concentra tanta atención pública. Si una formación con apenas militantes, como Iniciativa, puede suplantar y eclipsar a Més Compromís.
El riesgo no es que Oltra tenga protagonismo. Sería absurdo pedirle lo contrario. El riesgo es que el debate político valenciano empiece a girar exclusivamente alrededor de ella. Que cada decisión estratégica se interprete en función de su posición. Que cualquier discrepancia interna se convierta automáticamente en un conflicto personal. Que la organización deje de generar referentes alternativos porque todos los focos apuntan hacia la misma dirección. Y que la candidatura al Ayuntamiento de Valencia sea mayoritariamente de fieles y amigos.
Los partidos suelen cometer un error frecuente cuando encuentran un liderazgo potente: acomodarse.
Es comprensible. Resulta mucho más fácil apoyarse en una figura popular que invertir años en construir nuevos liderazgos. Pero esa comodidad suele acabar pasando factura. Cuando todo depende de una sola persona, el proyecto se vuelve más vulnerable. Y cuando esa persona desaparece, el vacío se hace evidente.
Compromís ya experimentó parcialmente esa situación tras la salida de Oltra del Gobierno valenciano. La coalición conservó representación institucional, pero perdió capacidad de influencia pública. Ningún dirigente consiguió ocupar completamente el espacio político y emocional que ella había dejado.
Por eso la cuestión no debería ser si Oltra debe liderar. Probablemente es la persona mejor situada para hacerlo. La cuestión es si Compromís será capaz de reforzarse a través de Oltra o si terminará dependiendo exclusivamente de ella.
Son dos escenarios muy distintos.
En el primero, la exvicepresidenta actúa como motor de una nueva etapa, amplía la base electoral y ayuda a consolidar un proyecto colectivo más fuerte. En el segundo, la organización acaba convirtiéndose en una extensión de su liderazgo, con todos los beneficios inmediatos que eso proporciona, pero también con todos los riesgos que implica para el futuro. Y todo ello presuponiendo que va a ser absuelta por el caso que llevó a la cárcel a su ex marido por abusar de una menor tutelada por la Conselleria que dirigía Oltra.
La política española está llena de ejemplos de partidos que confundieron liderazgo con proyecto. Algunos ganaron elecciones. Muchos acabaron pagando el precio de esa dependencia.