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Este no es el mundo que había soñado

Pere Valenciano, director de El Periódico de Aquí.

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Hubo un tiempo en el que muchos creímos que la Historia, con mayúsculas, había aprendido la lección. La caída del Muro de Berlín simbolizaba mucho más que el derrumbe de una frontera de hormigón: representaba el triunfo de la libertad sobre el totalitarismo, de la democracia sobre las dictaduras y de la esperanza sobre el miedo. Parecía que el siglo XXI iba a ser el de la cooperación, el del entendimiento entre naciones y el de un progreso compartido.

Qué ingenuos fuimos. Qué ingenuo era.

Veníamos del horror de la Segunda Guerra Mundial, de decenas de millones de muertos, del Holocausto, de la derrota del nazismo y, décadas después, del colapso de la Unión Soviética. Europa decidió construir un proyecto común para que franceses y alemanes jamás volvieran a enfrentarse en un campo de batalla. La Unión Europea nació precisamente para eso: para sustituir los cañones por el diálogo y las fronteras por puentes. Unión política y económica para mejorar la vida de sus habitantes. Pero quedan muchos retos: una política común de defensa, en paralelo a una OTAN y una ONU amenazadas por Trump y por sus errores y contradicciones.

Sin embargo, hoy observo el panorama internacional con una mezcla de tristeza y preocupación. Este no es el mundo que muchos soñábamos.

Las guerras han vuelto a Europa con la invasión rusa de Ucrania. Una agresión que no puede desligarse de una concepción neoimperialista del poder, en la que un Estado pretende decidir por la fuerza el destino de otro. Es un conflicto que ha roto equilibrios que parecían consolidados y ha devuelto a millones de europeos palabras que creíamos desterradas: trincheras, refugiados, bombardeos y ocupación. La guerra se prolonga ya más de cuatro años y el mundo ayuda a Ucrania muy tímidamente. Demasiado.

Al mismo tiempo, asistimos al fortalecimiento de liderazgos que basan buena parte de su discurso en el nacionalismo excluyente, la confrontación permanente o la desconfianza hacia las instituciones internacionales. Donald Trump ha representado para muchos ese giro hacia un repliegue nacional con profundas repercusiones políticas dentro y fuera de Estados Unidos. Un ser despreciable y dañino, no sólo para el mundo, sino también para los propios estadounidenses. El sueño americano terminó en pesadilla. Vladimir Putin, por su parte, ha convertido el autoritarismo y la fuerza militar en ejes de su proyecto político.

Mientras tanto, Cuba y Venezuela siguen ofreciendo el triste ejemplo de cómo regímenes que prometieron igualdad y justicia han terminado dejando tras de sí décadas de falta de libertades, crisis económicas, éxodos masivos y un enorme sufrimiento para buena parte de su población. Más allá de las etiquetas ideológicas, los resultados están a la vista.

Y tampoco ayuda contemplar cómo, en demasiados países democráticos, dirigentes salpicados por graves acusaciones de corrupción consiguen aferrarse al poder mientras la sociedad se acostumbra peligrosamente a la degradación institucional. La corrupción deja de escandalizar cuando se convierte en algo habitual. Ese quizá sea uno de los mayores fracasos de nuestro tiempo. Especialmente en España. 

El Brexit fue otra señal de alarma. No tanto por la decisión soberana del Reino Unido, plenamente legítima, sino porque evidenció que incluso el proyecto europeo, probablemente el mayor éxito político del continente en los últimos setenta años, dejaba de verse como una garantía compartida para convertirse, en algunos discursos, en el problema. Ahora se arrepienten, con razón, pero este hecho demuestra lo fácil que se puede manipular en estos tiempos de desinformación e IA, con resultados en democracias consolidadas, muy perniciosos.

Vivimos además una época dominada por algoritmos que premian la indignación, por redes sociales que convierten cualquier matiz en una traición y por una política donde es más rentable en el corto plazo dividir que convencer. Los extremos se retroalimentan mientras los espacios para el acuerdo se estrechan.

No, este no era el mundo que imaginé cuando cayó el Muro de Berlín

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Pere Valenciano, director de El Periódico de Aquí.
PERE VALENCIANO
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