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La huerta valenciana se muere: hemos fallado todos

El campo valenciano se muere. Y lo peor no es que se muera. Lo peor es que se muere ante la indiferencia de casi todos

Pere Valenciano, director de El Periódico de Aquí.
Alquería y campos de cítricos en la huerta valenciana.
Alquería y campos de cítricos en la huerta valenciana.

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Nos hemos llenado la boca durante décadas hablando de la huerta valenciana, de nuestros naranjos, de nuestros arrozales, de nuestras verduras, de nuestra identidad y de nuestras raíces. Hemos convertido la huerta en un símbolo, en una postal turística, en un reclamo cultural. El arroz de la Albufera que se utiliza como marca y la mayoría lo traen de fuera pagando una miseria a nuestros sufridos agricultores 
. Pero cuando llega el momento de defenderla de verdad, de apostar por ella con hechos y no con discursos, la abandonamos a su suerte.

La sociedad valenciana tiene una enorme responsabilidad en este desastre. Queremos productos de proximidad, pero llenamos los carros de la compra con alimentos llegados de miles de kilómetros porque cuestan unos céntimos menos o porque se nos antoja comer fruta y verduras fuera de temporada. Presumimos de valencianía, pero pocas veces hacemos el esfuerzo de comprar directamente al agricultor, de acudir a los mercados locales o de apostar por quien trabaja nuestra tierra. Después nos lamentamos cuando desaparecen los campos, cuando se abandonan las explotaciones o cuando nuestros pueblos pierden actividad económica. ¿Qué nos pasa?

La compra directa debería ser una prioridad colectiva. Tenemos la suerte de vivir en una tierra privilegiada, capaz de producir algunos de los mejores alimentos de Europa, y sin embargo actuamos como si la huerta fuera una responsabilidad exclusiva de los agricultores. No lo es. Cada decisión de compra es también una decisión sobre el futuro de nuestro territorio.

Pero sería injusto cargar toda la culpa sobre los ciudadanos.

Los agricultores también deben hacer autocrítica. Durante demasiado tiempo han soportado abusos, precios ruinosos, competencia desleal y una burocracia asfixiante sin la contundencia que exige la situación. Han protestado, sí, pero la gravedad de la amenaza requiere una presión constante y una mayor capacidad de movilización. Un lobby sostenido en el tiempo y llevarlo a Europa. Cuando está en juego la supervivencia de una profesión, de un paisaje y de una forma de vida, no basta con resistir. Hay que hacerse escuchar.

Y llegamos a los políticos.

Probablemente los principales responsables de que llevemos décadas hablando de los problemas del campo sin resolverlos.

Gobiernos de todos los colores han utilizado la huerta valenciana como escenario para hacerse fotografías y anunciar compromisos grandilocuentes. Pero cuando llega la hora de tomar decisiones valientes, la mayoría se pone de perfil. Unos culpan a Bruselas. Otros a Madrid. Otros a la herencia recibida. Mientras tanto, el agricultor sigue esperando. El cortoplacismo de los gobiernos y de los cargos juegan en contra. La nula reivindicación de la sociedad les da carta blanca.

Y quizá aquí encontramos uno de los mayores errores de las últimas décadas.

Hemos confundido proteger la huerta con prohibir cosas.

Hemos creído que protegerla consistía únicamente en aprobar leyes, establecer limitaciones urbanísticas o evitar expropiaciones. Como si bastara con dibujar una línea en un mapa para garantizar su supervivencia.

La huerta valenciana no necesita únicamente protección administrativa. Necesita futuro económico.

Porque ningún paisaje sobrevive mucho tiempo si quienes viven en él no pueden ganarse la vida. Ninguna huerta seguirá cultivándose si sus propietarios pierden dinero año tras año. Ninguna alquería se conservará si acaba convertida en una ruina abandonada.

La pregunta que deberían hacerse nuestros dirigentes no es cómo impedir que cambie la huerta, sino cómo hacer que genere riqueza.

¿Por qué una alquería histórica rodeada de campos no puede convertirse en un pequeño hotel sostenible con encanto? ¿Por qué no impulsar proyectos vinculados al turismo rural, la gastronomía de proximidad, la venta directa, las experiencias agrícolas, la educación ambiental o la recuperación del patrimonio? ¿Por qué no facilitar que los propietarios encuentren nuevas formas de rentabilizar sus terrenos sin destruir su valor agrícola y paisajístico? Aprovechemos el turismo en positivo.

La huerta debe ser un ecosistema económico vivo, no una postal congelada para contemplarla desde la distancia. Ni con nostalgia.

Mientras en otros lugares de Europa el paisaje agrícola genera riqueza gracias a la combinación de agricultura, turismo, patrimonio y sostenibilidad, aquí seguimos atrapados en debates ideológicos y burocráticos que no resuelven el problema fundamental: que cada vez resulta más difícil vivir de la tierra.

La mejor política de protección de la huerta no es la que impide hacer cosas. Es la que permite que sus propietarios quieran conservarla porque les ofrece oportunidades.

Cuando la huerta da de comer, se protege sola.

Cuando genera empleo, se protege sola.

Cuando crea riqueza, se protege sola.

Recordad que el día que desaparezca una parte importante de nuestro campo no solo perderemos producción agrícola. Perderemos paisaje, cultura, identidad, empleo, soberanía alimentaria y una parte esencial de lo que somos como pueblo. Si crees que vivimos en lo que fue el Reino de Valencia, defiende lo tuyo.

Todavía estamos a tiempo de reaccionar. Pero el tiempo va que vuela.

Y mientras unos miran hacia otro lado, otros abandonan sus tierras porque ya no pueden más.

La huerta valenciana no se salvará con declaraciones institucionales, ni con homenajes, ni con discursos cargados de nostalgia. Se salvará cuando vuelva a ser útil y productiva. Cuando vuelva a ser rentable.

Se salvará cuando la sociedad valenciana entienda que defender la huerta no consiste en admirarla, sino en hacer posible que quienes la trabajan puedan vivir dignamente de ella.

Sobre el autor

Pere Valenciano, director de El Periódico de Aquí.
PERE VALENCIANO
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