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Infantino y el Mundial de la hipocresía

Pere Valenciano, director de El Periódico de Aquí.

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Gianni Infantino ha conseguido algo que parecía imposible: convertir a la FIFA en el mejor departamento de relaciones públicas de regímenes que necesitan un gran escaparate internacional. El fútbol ya no parece ser la prioridad. Lo es la fotografía, el negocio y el aplauso fácil a quienes pueden pagar el espectáculo.

El Mundial de 2030 será presentado como una fiesta universal del deporte. Pero detrás de los focos hay una realidad mucho menos amable. Marruecos destina miles de millones a estadios e infraestructuras para impresionar al mundo mientras una parte importante de su población sigue buscando un futuro fuera de sus fronteras. Miles de jóvenes consideran que su esperanza no está en su propio país, sino en llegar a Europa, incluso poniendo en riesgo su vida.

Ese es el verdadero marcador que debería preocupar a la FIFA. Dónde están los valores deportivos y del fútbol, en particular. Marruecos es una satrapía, donde no se respetan los derechos humanos.

Mientras Infantino sonríe junto a las autoridades marroquíes y ensalza las bondades de la candidatura, resulta inevitable recordar las imágenes que han dado la vuelta al mundo: entradas masivas de inmigrantes en Ceuta, familias desesperadas, personas lanzándose al mar y una tragedia humana con decenas de fallecidos. La reciente crisis migratoria ha dejado decenas de muertos y decenas de miles de personas cruzando desde Marruecos hacia Ceuta en apenas unos días. Con la pasividad de Marruecos, por tanto con su aquiescencia.

No son dos realidades distintas. Forman parte del mismo escenario.

Un país que presume de organizar el mayor acontecimiento deportivo del planeta debería ser juzgado también por las condiciones de vida que ofrece a sus ciudadanos y por la gestión de sus fronteras y de los derechos humanos, no únicamente por la espectacularidad de sus estadios.

La FIFA habla continuamente de valores, solidaridad, inclusión y respeto. Palabras magníficas. Pero cuando aparecen miles de millones sobre la mesa, esos principios parecen convertirse en simples eslóganes publicitarios. Infantino, una vergüenza para el fútbol, el felpudo de Trump.

Infantino no puede presentarse como el gran defensor de los valores universales mientras evita cualquier reflexión incómoda sobre las contradicciones de los países a los que convierte en escaparate mundial. Esa actitud no es neutralidad. Es una forma de mirar hacia otro lado.

El problema no es Marruecos como pueblo. Los primeros perjudicados son precisamente millones de marroquíes que aspiran a vivir con prosperidad, libertad y oportunidades. El problema son unas prioridades políticas que parecen otorgar más importancia a levantar un estadio espectacular que a crear las condiciones para que nadie tenga que jugarse la vida abandonando su país.

Los grandes acontecimientos deportivos deberían dejar hospitales, escuelas, empleo estable y prosperidad. No solo fotografías, inauguraciones y campañas de imagen.

La FIFA presume de cambiar el mundo con el fútbol. Sin embargo, cada vez transmite más la sensación de que el dinero compra silencios, prestigio y legitimidad internacional.

Y Gianni Infantino debería decidir si quiere pasar a la historia como el presidente que hizo crecer el fútbol… o como quien convirtió la FIFA en el mayor instrumento de blanqueamiento político que jamás ha conocido el deporte.

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Pere Valenciano, director de El Periódico de Aquí.
PERE VALENCIANO
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