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Llevo observando varias semanas la publicidad de periódicos como El País, El Mundo o Abc, a nivel nacional, y Levante y Las Provincias en cuanto a prensa valenciana. Lo que estoy viendo me produce una tristeza enorme, porque hay días en que alguno de estos diarios no tiene ni un solo anuncio. ¡Ni uno solo!, excepción hecha de algunas páginas de contactos y prostitución, insuficientes en cualquier caso para mantener los gastos de un periódico durante mucho tiempo. Hoy, sin ir más lejos, El País contaba con media página de un anunciante de un coche y una doble página de El Corte Inglés, desesperado por ofrecer viajes con descuentos a quien todavía no sabe dónde irse de vacaciones y tiene dinero para ello.
Jamás, nunca en mis 16 años de carrera como periodista y como observador del apartado comercial de los medios, he asistido a un hundimiento tan espectacular de la inversión publicitaria y, como consecuencia, una caída tan drástica en el nivel del periodismo que se hace en España, con plantillas cada vez menores.
La apuesta por el periodismo digital no está sirviendo, todavía, como alternativa a la pérdida en ventas y en ingresos publicitarios de la prensa tradicional de papel. Y la transición de un soporte a otro está suponiendo un auténtico cataclismo para las empresas periodísticas de España, que pierden empleados, independencia y calidad.
Es evidente que las estructuras de los años 80 y 90 no se sostienen y no volverán nunca y también es obvio que el periodista de esas décadas no tiene nada que ver con lo que los nuevos tiempos exigen. El autoempleo y la imaginación se imponen para quienes queremos trabajar y vivir de esta honrosísima profesión, tan importante y fundamental, sobre todo en tiempos adversos.
Y lo peor es que si en los próximos meses la economía no da síntomas de mejora, por tímidos que sean, me temo que la escalada de despido en las grandes empresas de comunicación impresa se acentuará y no sería de extrañar que cerrasen algunas cabeceras, por muy históricas que sean.
Espero con todas mis fuerzas equivocarme.