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Cuando hablamos del problema de la vivienda parece que solo existen dos alternativas: comprar o alquilar un piso. Sin embargo, entre quedarse durante años en casa de los padres y asumir una hipoteca existen fórmulas intermedias que España debería desarrollar mucho más.
Una de ellas es el coliving, basado en disponer de un espacio privado y compartir cocina, zonas comunes, lavandería y otros servicios. Puede ser una buena solución para estudiantes, jóvenes trabajadores o profesionales desplazados y jubilados, siempre que no se convierta simplemente en una excusa para cobrar precios desorbitados por una habitación.
Pero junto a la iniciativa privada deberían crecer también las residencias públicas para jóvenes trabajadores, no únicamente las universitarias. Podrían crearse alojamientos públicos o concertados para menores de 30 o 35 años, con estancias limitadas y precios vinculados a sus ingresos, de manera que pudieran independizarse y ahorrar durante unos años antes de acceder a una vivienda convencional.
Y hay otro colectivo para el que estas fórmulas pueden resultar especialmente interesantes: las personas que llegan a la jubilación. El cohousing y otras modalidades de vivienda compartida permiten mantener un espacio privado mientras se comparten gastos, zonas comunes y determinados servicios, desde limpieza y restauración hasta asistencia sanitaria o cuidados cuando sean necesarios.
Además de reducir costes, ofrecen algo que en edades avanzadas puede ser todavía más importante: compañía y vida en comunidad, combatiendo la soledad sin necesidad de ingresar en una residencia tradicional. En distintos países europeos existen desde hace años experiencias de vivienda colaborativa y modelos innovadores dirigidos a personas mayores, precisamente buscando combinar autonomía personal, apoyo y convivencia. La propia Unión Europea estudia estas fórmulas dentro de los nuevos modelos comunitarios de atención y vivienda para mayores.
Estas residencias tampoco tendrían por qué levantarse únicamente en las grandes ciudades. Con buen transporte público, teletrabajo y servicios adecuados podrían instalarse en municipios metropolitanos o localidades del interior, contribuyendo además a combatir la despoblación.
Un joven de 23 años quizá no necesita un piso entero de 90 metros cuadrados y una persona jubilada quizá tampoco quiera seguir viviendo sola en una vivienda demasiado grande y costosa de mantener.
En ambos extremos de la vida, compartir determinados espacios y servicios puede aportar independencia, ahorro y compañía.
El problema de la vivienda también exige imaginación.