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El Papa y una oportunidad perdida para el Corpus de Valencia

PERE VALENCIANO
Corpus Christi en la ciudad de Valencia.
Corpus Christi en la ciudad de Valencia. // EPDA

El Corpus Christi de Valencia no es una fiesta cualquiera. Siete siglos de historia contemplan una celebración que ha sabido conservar una identidad propia y unas características que la convierten en una manifestación cultural, religiosa y patrimonial prácticamente única en el mundo. Este año, además, la ciudad ha conmemorado el 700 aniversario de una tradición que forma parte de su esencia y que merece una proyección internacional acorde con su relevancia.

Por eso resulta inevitable plantearse una reflexión: ¿no habría sido este el momento perfecto para una visita del Papa a Valencia aprovechando que ha venido a España?

La capital valenciana ha vivido estos días una edición extraordinaria del Corpus. Las calles del centro histórico se han vestido de gala con ornamentaciones florales, las Rocas han vuelto a recorrer la ciudad, las danzas han recuperado todo su simbolismo y la Procesión General ha mostrado una vez más la riqueza de un patrimonio vivo que ha sobrevivido a guerras, epidemias y transformaciones sociales. Todo ello alrededor de una custodia monumental considerada la más grande del mundo en su categoría procesional. 

La presencia del Pontífice habría supuesto un respaldo de enorme valor a una celebración que trasciende el ámbito religioso para convertirse en un legado cultural compartido por generaciones de valencianos. Habría sido también una oportunidad excepcional para proyectar internacionalmente una fiesta que aspira a ser reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

Pocas ciudades pueden presumir de mantener una tradición del Corpus con la riqueza escénica y simbólica de Valencia. La Cavalcada del Convit, la figura de la Moma, los Cirialots, las Rocas, las danzas y la propia procesión conforman un conjunto singular que no encuentra equivalentes exactos en otros lugares. Se trata de una celebración donde conviven fe, historia, arte, música y cultura popular en un equilibrio difícil de encontrar.

La visita papal habría servido además para reconocer el esfuerzo de cientos de personas que, año tras año, trabajan para mantener viva esta herencia. Cofradías, asociaciones, instituciones, músicos, campaneros, floristas y voluntarios son los verdaderos guardianes de una tradición que ha llegado intacta hasta nuestros días.

Es cierto que la agenda de un Papa está condicionada por múltiples factores y prioridades. Sin embargo, aniversarios como este no se repiten. Setecientos años son una cifra excepcional incluso para Europa, continente acostumbrado a convivir con la historia. Y cuando una ciudad celebra siete siglos de una manifestación cultural tan singular, el acontecimiento merece toda la atención posible.

Valencia ha demostrado una vez más que su Corpus sigue siendo una de las grandes joyas del patrimonio valenciano y español. La ausencia de una visita papal no resta brillo a la celebración, pero sí deja la sensación de que se ha perdido una ocasión histórica para otorgarle el reconocimiento internacional que, por méritos propios, lleva mucho tiempo mereciendo.

Quizá todavía estemos a tiempo de conseguirlo a través de la declaración como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Porque si existe una fiesta que simboliza la capacidad de Valencia para conservar su memoria colectiva y proyectarla hacia el futuro, esa es, sin duda, el Corpus Christi.

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