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No hace falta que me guste Vito Quiles para defender a Vito Quiles. Ni que comparta todo lo que hace. Ni su estilo. Ni todas sus preguntas. Ni su manera de abordar a determinados dirigentes políticos. Ni siquiera su línea editorial. Pero precisamente de eso trata la libertad.
Vito Quiles ha vuelto a situarse en el centro de la polémica después de que la Mesa del Congreso decidiera retirarle definitivamente la acreditación de prensa. La decisión llega después de varios expedientes por incumplimientos del reglamento de la Cámara. Las normas existen y deben cumplirse. También por los periodistas. Y, como cualquier otra decisión administrativa o institucional, podrá ser discutida, recurrida o defendida con argumentos.
Pero hay algo que va mucho más allá de una acreditación: el señalamiento.
Cuando dejamos de discutir sobre lo que hace un periodista para empezar a discutir sobre si ese periodista merece siquiera ser considerado periodista, entramos en un terreno extraordinariamente peligroso.
Porque ¿quién decide quién es periodista de verdad? ¿Un Gobierno? ¿Un partido? ¿La Mesa del Congreso? ¿Los propios periodistas? ¿Los medios tradicionales? ¿Las redes sociales? Cualquiera puede aparecer como un periodista, incluso sin título universitario. Una desgracia.
Durante demasiados años hemos visto cómo, dependiendo de quién gobernara y de cuál fuera la ideología del periodista, aparecía la tentación de dividir a la prensa entre periodistas buenos y periodistas malos. Entre profesionales respetables y propagandistas. Entre los que merecen preguntar y los que deberían callarse. El nivel de agonía que dan una inmensa mayoría es insoportable, pero de eso se trataba la democracia, ¿no?
La libertad de prensa no sirve para proteger al periodista que pregunta lo que nosotros preguntaríamos. Ese no necesita protección. Sirve precisamente para proteger al incómodo, al pesado, al impertinente, al que tiene una línea editorial situada en nuestras antípodas.
Yo puedo discrepar profundamente de un periodista y defender al mismo tiempo su derecho a ejercer el periodismo.
Es más: debo hacerlo.
Porque mañana el señalado puede ser otro.
Puede ser un periodista de izquierdas ante un Gobierno de derechas. O uno conservador ante un Gobierno progresista. Puede ser un pequeño periódico frente a una gran administración. Puede ser un reportero local frente a un alcalde que no soporta sus preguntas.
Y entonces quizá descubramos demasiado tarde que el problema nunca fue Vito Quiles.
El problema era haber aceptado el señalamiento como herramienta política.
Los periodistas podemos equivocarnos. Podemos excedernos. Podemos hacer preguntas malas, tendenciosas o incómodas. Y, naturalmente, debemos responder de nuestras actuaciones exactamente igual que cualquier ciudadano. Si incumplimos una norma, habrá consecuencias. Si cometemos un delito, están los tribunales. Si publicamos una información falsa, existen mecanismos de rectificación y responsabilidades legales.
Eso es un Estado de derecho. Otra cosa muy diferente es convertir a una persona en una diana pública. Deshumanizarla. Perseguirla y anularla o arruinarla.
Presentarla como alguien contra quien todo vale porque previamente la hemos expulsado simbólicamente de la profesión.
Esa lógica tiene un preocupante componente autoritario. Es la vieja tentación de decidir quién merece hablar y quién no; quién pertenece al espacio democrático y quién puede ser expulsado de él.
Y el periodismo debería rebelarse siempre contra eso. No defendamos únicamente a nuestros amigos.
Defendamos también al periodista cuya información nos molesta. Al que tiene una línea editorial que detestamos. Al que trabaja para el medio que jamás leeríamos. Incluso al militante, si lo fuera, porque tener ideas políticas tampoco convierte automáticamente a nadie en alguien privado de sus derechos.
Después discutiremos sobre su periodismo. Lo criticaremos. Lo desmontaremos si creemos que se equivoca. Le exigiremos rigor. Pero jamás deberíamos aceptar el señalamiento.
Porque cuando una sociedad empieza a acostumbrarse a señalar periodistas, el problema deja de ser el periodista señalado. El problema empieza a ser la sociedad. El sistema.
Hoy se llama Vito Quiles. Mañana puede llamarse de cualquier otra manera.
Pere Valenciano, director y fundador de El Periódico de Aquí