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Donald Trump podrá vender el preacuerdo con Irán como una victoria diplomática, pero la realidad es mucho menos brillante. Después de meses de tensión, amenazas militares y una guerra justificada en nombre de la seguridad internacional, el resultado final es un pacto con los mismos dirigentes iraníes a los que Washington e Israel acusaban de representar una amenaza intolerable para Oriente Próximo.
La pregunta es inevitable: ¿para qué sirvió entonces la guerra? Para matar a inocentes. Para hundir la economía mundial con el cierre del estrecho de Ormuz.
Estados Unidos e Israel argumentaron que era necesario actuar para impedir que el régimen iraní avanzara en su programa nuclear, reforzara su capacidad militar y consolidara su influencia regional a través de organizaciones aliadas repartidas por todo Oriente Próximo. Se habló de una amenaza existencial, de líneas rojas y de la necesidad de acabar con un peligro que ya no podía ser contenido mediante la diplomacia.
Sin embargo, cuando llega el momento de la firma, muchas de las razones que sirvieron para justificar la confrontación desaparecen del documento. El acuerdo se centra en detener las hostilidades, reducir la tensión y abrir nuevas negociaciones, pero deja intacta la cuestión fundamental: la naturaleza del régimen iraní.
Y ahí reside el verdadero fracaso de Trump.
Durante años, la Casa Blanca denunció las violaciones de los derechos humanos cometidas por la República Islámica. Las ejecuciones públicas, la persecución de opositores, la represión de mujeres que reclamaban libertades básicas y la brutal respuesta contra las protestas populares fueron utilizadas como ejemplo de la naturaleza autoritaria del régimen de los ayatolás. Miles de iraníes fueron encarcelados, torturados o asesinados por exigir reformas democráticas. Sin embargo, ninguna de esas reivindicaciones aparece reflejada en el acuerdo.
El gran ausente de la negociación no es el régimen iraní. Tampoco Estados Unidos ni Israel. El gran ausente es el pueblo iraní.
Durante años, millones de ciudadanos han vivido bajo un sistema que restringe libertades fundamentales y castiga cualquier intento de disidencia. Muchos interpretaron la presión internacional sobre Teherán como una oportunidad para debilitar a quienes los han gobernado mediante la represión. Pero una vez más las grandes potencias han optado por la estabilidad geopolítica antes que por la libertad de los ciudadanos.
Trump prometió cambiar Oriente Próximo. Prometió firmeza frente a los enemigos de Occidente y presentó a Irán como uno de los principales desafíos para la seguridad internacional. Sin embargo, el desenlace demuestra que, llegado el momento decisivo, ha terminado haciendo lo mismo que tantos otros líderes antes que él: negociar con los ayatolás y dejar de lado a quienes han sufrido durante décadas las consecuencias de su régimen.
La paz siempre es preferible a la guerra. Pero cuando una guerra se justifica por razones que desaparecen en el momento de la firma, es legítimo preguntarse si el sacrificio ha servido para algo más que para regresar al punto de partida.
Los ayatolás siguen en el poder. El régimen continúa intacto. Y el pueblo iraní, que esperaba algo más que un simple alto el fuego, vuelve a quedarse solo. Ya pasó en Afganistán.
Eso es lo que convierte este acuerdo no en una victoria histórica, sino en el reconocimiento de un fracaso político.