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La vivienda se ha convertido en uno de los principales problemas de España. No es nuevo, pese a la propaganda electoralista. Miles de jóvenes no pueden emanciparse, los alquileres están por las nubes y comprar un piso en Valencia, Alicante, Madrid o Barcelona -en realidad en las grandes capitales- resulta cada vez más complicado para cualquier familia con ingresos normales. Pero mientras seguimos debatiendo sobre la necesidad de construir más viviendas -CONSTRUID- aumentar las ayudas públicas o intervenir el mercado inmobiliario, apenas nos planteamos una alternativa que tenemos delante de nuestras narices: ¿y por qué no mirar hacia la España vaciada?
En numerosos municipios del interior de las provincias de Valencia, Alicante y Castellón todavía es posible encontrar viviendas anunciadas por 30.000, 50.000, 70.000 o 90.000 euros, algunas necesitadas de reformas, pero otras perfectamente aprovechables. Hablamos de localidades que, en determinados casos, se encuentran a una hora aproximadamente de las grandes ciudades y que podrían convertirse en una alternativa residencial para miles de jóvenes y familias que actualmente no pueden acceder a una vivienda digna.
No estoy proponiendo que todo el mundo se marche a vivir a un pueblo perdido en la montaña, sin servicios públicos ni oportunidades laborales. Aunque son recomendable siempre. Estoy hablando de aprovechar el potencial de comarcas como la Vall d'Albaida, la Costera, la Canal de Navarrés, el Valle de Ayora-Cofrentes, la Hoya de Buñol o la Serranía, en Valencia; l'Alcoià, el Comtat o el Alto Vinalopó, en Alicante; y el Alto Palancia y el Alto Mijares, en Castellón, donde existen municipios con posibilidades de atraer población si conseguimos mejorar sus comunicaciones.
Y aquí conviene mirar hacia las grandes capitales mundiales. En ciudades como Londres, Nueva York, París o Tokio hay trabajadores que emplean una hora e incluso hora y media en llegar diariamente a sus puestos de trabajo, utilizando redes de metro, ferrocarril suburbano y trenes metropolitanos. En Nueva York, por ejemplo, alrededor de una cuarta parte de quienes se desplazaban al trabajo en 2024 tardaba al menos una hora por trayecto, y cerca del 7% necesitaba 90 minutos o más. Naturalmente, no se trata de idealizar desplazamientos tan largos, que también afectan a la conciliación familiar, sino de comprender que la distancia a la capital no tiene por qué impedir vivir fuera de ella si existe un transporte público rápido, frecuente y fiable.
Ese debería ser uno de los grandes retos de la Comunitat Valenciana: revolucionar el transporte público y, muy especialmente, la red de Cercanías. Necesitamos trenes puntuales, frecuencias suficientes, horarios compatibles con las jornadas laborales y conexiones eficaces entre las estaciones y los pueblos del interior. Resulta imprescindible mejorar corredores como Valencia-Xàtiva-Moixent, Valencia-Buñol-Utiel o Valencia-Sagunto-Caudiel, además de estudiar nuevas alternativas ferroviarias y de autobuses en las provincias de Alicante y Castellón. La recuperación completa de los servicios afectados por la DANA constituye también una necesidad fundamental.
Renfe ha anunciado la incorporación progresiva de trenes a las líneas valencianas C1, C2 y C6, con mejoras de capacidad y frecuencias, pero el desafío debe ir mucho más allá de aumentar plazas: necesitamos una planificación territorial que permita utilizar el ferrocarril como una verdadera alternativa al coche privado.
Imaginemos una pareja joven que trabaja en Valencia y encuentra una casa por 60.000 euros en un municipio del interior situado a unos 50 minutos de la capital. Si dispone de un transporte público eficiente, puede conseguir algo que quizá nunca alcanzaría comprando una vivienda de 250.000 o 300.000 euros: independizarse sin hipotecar prácticamente todo su futuro. Y si además las administraciones ofrecieran ayudas del 10% o el 20% para adquirir y rehabilitar viviendas destinadas a residencia habitual en municipios con riesgo de despoblación, el atractivo sería todavía mayor.
Las consecuencias positivas irían mucho más allá del mercado inmobiliario. Cada familia que se instala en un pueblo representa nuevos consumidores para sus comercios, posibles alumnos para sus colegios, clientes para sus bares y restaurantes y, en definitiva, una oportunidad de recuperar actividad económica. Naturalmente, también debemos garantizar consultorios médicos, conexión a internet, servicios educativos y posibilidades de empleo, porque nadie puede construir un proyecto de vida únicamente porque las viviendas sean baratas.
En la Comunitat Valenciana llevamos demasiados años organizando jornadas, redactando planes y pronunciando discursos sobre la despoblación, mientras numerosos pueblos continúan perdiendo habitantes y las grandes ciudades concentran cada vez más población y demanda inmobiliaria. Quizá haya llegado el momento de relacionar ambas cuestiones y plantear una estrategia conjunta que permita recuperar viviendas vacías, atraer nuevos vecinos y descongestionar las áreas metropolitanas.
No pretendo que esta sea la única solución a la crisis de la vivienda. Necesitamos construir más, aumentar la oferta pública y facilitar el acceso de los jóvenes a su primera residencia. Pero también deberíamos preguntarnos si tiene sentido seguir concentrando prácticamente todas las oportunidades en las grandes ciudades mientras buena parte del interior valenciano continúa esperando inversiones y nuevos habitantes.
El gran reto es conseguir que vivir a una hora de Valencia o Alicante no signifique estar lejos de todo. Y para eso resulta imprescindible apostar decididamente por Cercanías y por un transporte público que vertebre nuestro territorio.
Porque quizá una parte de la solución a la crisis de la vivienda esté precisamente donde menos estamos mirando: en esos pueblos donde sobran casas vacías, faltan vecinos y todavía es posible comprar una vivienda sin endeudarse durante media vida.
La España vaciada podría convertirse en una parte importante de la solución a la España de la vivienda imposible.
¿Qué te parece la idea?