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Los trágicos accidentes ferroviarios de Adamuz y Urda, con más de un centenar de muertos entre ambos, nos han recordado de la manera más cruel hasta qué punto somos vulnerables. Subimos a un tren convencidos de que llegaremos a nuestro destino, confiamos en unas infraestructuras que deberían garantizar nuestra seguridad y depositamos nuestras vidas en manos de un sistema que damos por hecho que funciona. Pero, de repente, todo se derrumba. Familias destrozadas, proyectos de vida truncados y una pregunta que debería atormentarnos a todos: ¿estamos realmente tan protegidos como creemos?
Y mientras todavía intentamos asimilar estas tragedias, contemplamos imágenes de comercios que se blindan con tablones de madera, persianas bajadas por miedo y propietarios que temen que sus negocios sean arrasados por grupos violentos. Los llamamientos de Blocus y los disturbios registrados en Barcelona han provocado que comerciantes de distintas ciudades españolas hayan tenido que adoptar medidas extraordinarias para proteger aquello que tanto esfuerzo les ha costado levantar. Resulta difícil aceptar que, en pleno siglo XXI, alguien tenga que convertir su establecimiento en una fortaleza porque teme que el Estado no sea capaz de garantizar su seguridad. Es inaceptable ver ante nuestros ojos que los delincuentes y terroristas callejeros ganan el pulso al Estado de derecho, paz y orden.
Dos realidades aparentemente distintas, pero con un preocupante denominador común: la sensación creciente de desprotección.
Vivimos en una sociedad que presume de progreso, bienestar y derechos, pero en la que cada vez son más las personas que se sienten vulnerables. Vulnerables ante un accidente, ante la enfermedad, ante la delincuencia, ante la soledad, ante una crisis económica o ante la posibilidad de perder el empleo. Vulnerables ante una administración que demasiadas veces llega tarde, ante una justicia desesperadamente lenta y ante unas instituciones que deberían protegernos, pero que no siempre están a la altura de las circunstancias. Vulnerables ante la falta de vivienda sin que nadie construya VPO con ayudas reales a quienes las necesitan -jóvenes y sectores desfavorecidos-, como eliminar determinados impuestos. Vulnerables ante determinados políticos que llegan y hacen lo contrario de lo que pregonaban. Vulnerables ante las nuevas formas de manipulación, llámense redes sociales, llámese IA. Y lo que te rondaré morena.
Nos han hecho creer que vivimos en una sociedad más segura y avanzada que nunca, pero basta con rascar un poco para descubrir una realidad bastante menos amable. Jóvenes que no pueden emanciparse aunque trabajen, mayores que tienen miedo de salir solos a la calle, familias que viven al límite de sus posibilidades y pequeños empresarios que levantan cada mañana la persiana sin saber si podrán mantener su negocio. Pero el Sistema no deja de recaudar, da igual que no puedas, la máquina nunca para. La vulnerabilidad ya no es patrimonio exclusivo de quienes tradicionalmente considerábamos desfavorecidos. Se ha instalado también en unas clases medias que observan con preocupación cómo se resquebraja la estabilidad que tanto esfuerzo les costó conseguir.
Y mientras tanto, la política continúa demasiado entretenida en sus batallas particulares. Los grandes partidos discuten, se insultan, se reparten culpas y convierten cualquier tragedia en un nuevo campo de batalla electoral. Sin embargo, pocas veces se detienen a escuchar el miedo silencioso de quienes necesitan soluciones y no discursos, responsabilidades y no excusas, protección y no propaganda. O es que quizás siempre se han alimentado del miedo y de la sensación de vulnerabilidad.
Porque detrás de cada accidente ferroviario hay personas que confiaron en llegar a casa. Detrás de cada comercio amenazado hay un autónomo que ha invertido sus ahorros y buena parte de su vida. Detrás de cada anciano que teme salir a la calle hay una sociedad que está fallando en algo esencial. Y detrás de cada promesa incumplida hay ciudadanos que van perdiendo la confianza en unas instituciones que deberían estar precisamente para protegerlos. Y si dejamos de creer en el Sistema, en quién lo hacemos.
No podemos exigir una sociedad sin accidentes, sin delincuencia o sin problemas, porque sería una utopía. Pero sí podemos y debemos exigir que quienes gobiernan hagan todo lo posible para prevenirlos, que asuman sus responsabilidades cuando las cosas fallan y que dejen de utilizar cualquier desgracia para alimentar el enfrentamiento político.
Lo preocupante no es que seamos vulnerables. Siempre lo hemos sido, porque la vulnerabilidad forma parte de la condición humana. Lo verdaderamente inquietante es que estemos empezando a acostumbrarnos a vivir desprotegidos, a considerar normales situaciones que jamás deberían serlo y a asumir que cada uno debe salvarse como pueda. La España que vino después de la transición ha muerto.
La pregunta es: hacia qué España desconocida nos dirigimos. Más vulnerabilidad. Más incertidumbre.