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El éxito de un proyecto político no reside únicamente en la capacidad de su presidente para marcar el rumbo, sino también en la disposición de todos aquellos que pueden contribuir a hacerlo realidad. Ese es el verdadero sentido de poner nuestras capacidades al servicio del Partido Popular de la Comunitat Valenciana: que quienes hemos construido una reputación, un recorrido y un liderazgo en nuestros respectivos ámbitos sepamos ponerlos a disposición de un proyecto común, contribuyendo de manera significativa al liderazgo de nuestro presidente, Juanfran Pérez Llorca. La fortaleza de un partido no se mide por la suma de protagonismos individuales, sino por su capacidad para convertirlos en una fuerza cohesionada, útil y eficaz al servicio de la sociedad valenciana.
Desde Pilar de la Horadada hasta Vinaròs, llegando al Rincón de Ademuz; de norte a sur y de este a oeste, la Comunitat Valenciana constituye un territorio cuya diversidad geográfica es también una de sus principales fortalezas económicas. El litoral, las áreas metropolitanas, los corredores industriales y las comarcas del interior forman parte de una misma realidad, aunque no siempre hayan sido tratados como piezas de un proyecto común. La cuestión no es únicamente dónde se concentra la actividad, sino cómo se conecta, cómo se distribuye y cómo se garantiza que el crecimiento llegue al conjunto del territorio.
La Comunitat Valenciana necesita reivindicar sus tres grandes pulmones económicos: Alicante, Valencia y Castellón. No como espacios enfrentados por la inversión pública, sino como áreas productivas complementarias que deben funcionar dentro de una estrategia autonómica de infraestructuras, reindustrialización y cohesión territorial. El sur alicantino, el eje central valenciano y el norte castellonense poseen especializaciones distintas, pero comparten una misma necesidad: disponer de las condiciones necesarias para producir, transportar, exportar, innovar y generar empleo estable.
Los datos de la estructura industrial valenciana muestran precisamente esa diversidad. Según las últimas cifras disponibles de la estadística de magnitudes industriales subregionales de la Generalitat, correspondientes a 2021, Valencia concentraba el 52,8 % de la cifra de negocios industrial de la Comunitat Valenciana, Castellón el 28,1 % y Alicante el 19,1 %. Estas proporciones no establecen una jerarquía de importancia, sino que reflejan el peso y la especialización de cada territorio dentro del conjunto autonómico. Alicante concentra una parte extraordinaria de la industria del cuero y del calzado; Castellón posee una posición determinante en las industrias extractivas, energéticas, químicas y de productos minerales no metálicos; y Valencia reúne buena parte de la industria del material de transporte, estrechamente vinculada a la automoción y a su industria auxiliar.
Esta realidad debería bastar para comprender que la economía valenciana no puede depender de una única palanca ni de un solo centro de decisión. Necesita una visión policéntrica, capaz de reconocer el valor de cada pulmón y de articular sus conexiones. Alicante no puede quedar reducido a su potencia turística y residencial. Su industria del calzado, su actividad agroalimentaria, su tejido exportador, sus empresas tecnológicas y sus infraestructuras portuarias forman parte de una base productiva que requiere modernización y diversificación. Castellón tampoco puede ser contemplado como una periferia industrial: su clúster cerámico, su industria química, su actividad energética y su puerto son activos estratégicos para la economía valenciana. Y Valencia, con su área metropolitana, su industria auxiliar, su logística y su capacidad tecnológica, necesita consolidar un entorno que permita competir en un mercado cada vez más exigente.
En este contexto, Almussafes ofrece una lección especialmente relevante. La continuidad industrial de la factoría de Ford ha estado sometida durante años a incertidumbres derivadas de la pérdida de modelos, la reducción de la producción y la transformación de la industria automovilística. El acuerdo estratégico alcanzado entre Ford y Geely supone, en este sentido, un punto de inflexión para el futuro de la planta valenciana. La operación contempla una empresa conjunta en la que Ford mantiene el 66 % y Geely participa con el 34 %, una alianza orientada a introducir nuevos programas productivos y a preservar la actividad industrial de la factoría.
El valor de este acuerdo no reside únicamente en las cifras de participación empresarial o en los modelos que puedan llegar a fabricarse. Su verdadera importancia se encuentra en lo que representa para el conjunto del ecosistema productivo valenciano. Una gran fábrica no es una realidad aislada: sostiene proveedores, empresas auxiliares, transportistas, ingenierías, servicios industriales, comercios y miles de empleos directos e indirectos. Cuando una planta mantiene su actividad, también se preserva una parte esencial del conocimiento industrial acumulado durante décadas.
Almussafes es, además, mucho más que una referencia industrial: es una posición estratégica para la política valenciana. Para el Partido Popular de la Comunitat Valenciana, constituye una auténtica pica de Flandes, un enclave cuya relevancia económica, territorial y simbólica exige una presencia política a la altura de lo que representa. Precisamente por eso, el futuro no debería limitarse a preservar posiciones, sino a reinventar y fortalecer el proyecto político local. El PPCV necesita construir en Almussafes un liderazgo sólido, arraigado y reconocible, capaz de hablar con conocimiento de causa, de representar a la ciudadanía y al tejido productivo y de convertirse en un interlocutor real y efectivo ante las instituciones, las empresas y los agentes sociales.
No se trata simplemente de disponer de una estructura orgánica, sino de dotarla de autoridad política, capacidad de propuesta y credibilidad. En un municipio cuya relevancia trasciende ampliamente sus límites administrativos, el liderazgo local debe ser capaz de traducir las necesidades industriales en iniciativas concretas, defender las infraestructuras pendientes y participar activamente en las conversaciones que determinarán el futuro económico de la comarca. Una presencia política verdaderamente útil no se mide solo por su visibilidad, sino por su capacidad para influir, anticiparse y obtener resultados.
Pero Almussafes demuestra igualmente que la industria no se sostiene únicamente con anuncios de inversión. Requiere estabilidad, seguridad jurídica, formación profesional, innovación, energía competitiva, suelo industrial e infraestructuras adecuadas. Y exige también capacidad de diálogo entre la empresa y la representación legal de los trabajadores. La negociación entre la dirección de Ford y la representación legal de los trabajadores en torno al futuro marco laboral constituye una parte inseparable de esa ecuación. La industria necesita inversión, pero también necesita trabajadores cualificados, condiciones laborales sostenibles y acuerdos que permitan afrontar las transformaciones tecnológicas sin convertirlas en una amenaza permanente para el empleo.
La reindustrialización, por tanto, no puede reducirse a una fotografía institucional ni a una declaración de intenciones. Debe traducirse en producción, empleo, proveedores, innovación y arraigo territorial. El caso de Almussafes debería servir como referencia para una política industrial valenciana que aspire a atraer proyectos, consolidar los existentes y evitar que las decisiones estratégicas se adopten siempre lejos del territorio que soporta sus consecuencias.
Ahora bien, no hay política industrial seria sin una política de infraestructuras a la altura. Una fábrica puede disponer de tecnología avanzada y trabajadores cualificados, pero perder competitividad si sus mercancías no llegan a tiempo a los mercados, si el ferrocarril carece de capacidad suficiente o si las conexiones con los puertos se convierten en cuellos de botella. La reivindicación valenciana debe abarcar carreteras, ferrocarril, puertos, energía, agua, conectividad digital y suelo industrial. No se trata de reclamar obra pública de manera indiscriminada, sino de exigir una planificación que identifique las actuaciones capaces de multiplicar la capacidad productiva del territorio.
El corredor ferroviario Cantábrico-Mediterráneo constituye un ejemplo evidente. La conexión entre Sagunto y Teruel resulta estratégica para enlazar la actividad industrial valenciana con Aragón y con el norte peninsular. La reivindicación de una infraestructura ferroviaria moderna, electrificada y con capacidad suficiente no responde a una aspiración localista, sino a una necesidad logística de dimensión nacional. En un contexto en el que se desarrollan nuevos proyectos industriales en Sagunto y en otros puntos del eje mediterráneo, mantener conexiones insuficientes supondría limitar las posibilidades de crecimiento de todo el sistema productivo.
La misma lógica debe aplicarse a los puertos. Valencia, Sagunto, Castellón y Alicante deben entenderse como nodos complementarios de una red logística mediterránea. Cada uno posee características, tráficos y especializaciones diferentes, pero todos necesitan conexiones terrestres eficientes y una planificación coordinada. La competitividad portuaria no depende exclusivamente de la capacidad de sus terminales, sino también de su conexión ferroviaria, de sus accesos viarios, de la disponibilidad energética y de su integración con las áreas industriales y logísticas del interior.
Desde Vinaròs hasta Pilar de la Horadada, el desarrollo territorial exige igualmente superar una visión excesivamente concentrada en las grandes capitales. El norte de Castellón necesita conexiones que refuercen su relación con el eje mediterráneo y con los mercados del norte peninsular. Su industria cerámica, química y energética requiere infraestructuras que permitan reducir costes, mejorar la movilidad de mercancías y garantizar su competitividad internacional. Del mismo modo, el sur alicantino afronta desafíos vinculados al crecimiento demográfico, la movilidad, el agua, los servicios públicos y la diversificación económica. Pilar de la Horadada y el conjunto del espacio meridional no pueden ser observados únicamente desde la perspectiva del turismo residencial: necesitan planificación, actividad productiva y servicios capaces de acompañar su evolución.
La competitividad de un territorio no se mide solamente en toneladas transportadas, contenedores movilizados o vehículos fabricados. También se mide en el tiempo que tarda un trabajador en llegar a su puesto, en la disponibilidad de vivienda, en la calidad de los servicios sanitarios y educativos, en la capacidad de formar profesionales y en las posibilidades de que una familia pueda desarrollar su proyecto de vida allí donde trabaja. La cohesión territorial no es un complemento ornamental de la economía: es una de sus condiciones de estabilidad.
Y si el litoral concentra buena parte de la población y de la actividad, el interior tampoco puede quedar relegado a una función paisajística o turística. El Rincón de Ademuz recuerda que la Comunitat Valenciana es también territorio rural, montañoso y condicionado por problemas específicos de accesibilidad, envejecimiento y despoblación. De norte a sur y de este a oeste, la política autonómica debe garantizar que las comarcas interiores dispongan de conectividad digital, transporte, servicios públicos, acceso a la vivienda y oportunidades económicas.
La reindustrialización puede contribuir a ese objetivo si se plantea con inteligencia territorial. No toda industria tiene que instalarse en las grandes áreas metropolitanas. La transformación agroalimentaria, las energías renovables, la economía forestal, la producción especializada, la logística de proximidad, la construcción industrializada y determinadas actividades tecnológicas pueden generar oportunidades en municipios interiores, siempre que existan suelo, conectividad, formación y seguridad jurídica. El reto consiste en atraer actividad sin destruir el equilibrio territorial, y en evitar que la despoblación se convierta en una condena irreversible.
La Comunitat Valenciana necesita, en definitiva, una agenda propia de infraestructuras y reindustrialización. Una agenda que reclame inversiones estatales adecuadas, que exija corredores ferroviarios capaces de responder a las necesidades actuales, que defienda la conexión eficiente de los puertos con el interior, que facilite suelo industrial, que refuerce la formación profesional y la universidad y que promueva acuerdos estables entre empresas, trabajadores y administraciones.
Los fondos públicos pueden contribuir a ese proceso, pero no sustituyen la necesidad de una estrategia. La inversión debe evaluarse por su ejecución, por su impacto y por su capacidad para generar actividad económica duradera. Una infraestructura sin planificación puede convertirse en una oportunidad desaprovechada; una fábrica sin conexiones adecuadas puede perder competitividad; un municipio industrial sin vivienda y servicios suficientes puede tener dificultades para retener trabajadores; y un territorio interior sin conectividad puede quedar excluido de las nuevas cadenas de valor.
Por eso, desde Pilar de la Horadada hasta Vinaròs, llegando al Rincón de Ademuz, la reivindicación valenciana debe formularse con claridad: infraestructuras para conectar, industria para producir y cohesión territorial para que la prosperidad no se concentre exclusivamente en unos pocos puntos del mapa.
Alicante, Valencia y Castellón no deben competir por la atención de las instituciones como si el desarrollo de uno exigiera el retroceso de otro. Deben formar parte de una estrategia común en la que cada territorio aporte sus capacidades y reciba las infraestructuras que necesita. Almussafes demuestra que la industria puede encontrar continuidad cuando confluyen inversión, negociación laboral y perspectiva de futuro. Pero también demuestra que ningún acuerdo industrial puede desvincularse de su entorno y que, allí donde existe una posición económica estratégica, también debe existir una interlocución política sólida, capaz de defenderla con continuidad y resultados.
Ese es, en última instancia, el sentido de poner nuestras capacidades a disposición del PPCV: que la reputación, el liderazgo y la experiencia de quienes podemos contribuir al proyecto no se entiendan como patrimonios individuales, sino como instrumentos al servicio de una responsabilidad colectiva. La fortaleza del liderazgo de Juanfran Pérez Llorca se verá también reforzada por la capacidad de todos nosotros para sumar, construir, representar y trabajar con lealtad y eficacia. Porque el futuro de la Comunitat Valenciana exige un partido fuerte, cohesionado y capaz de convertir sus liderazgos en resultados.
Una Comunitat Valenciana fuerte no es la que depende de un solo motor, sino la que consigue que sus tres pulmones respiren al mismo tiempo y que el aire de su desarrollo llegue también a sus comarcas interiores. Ese debe ser el objetivo: una economía conectada, industrialmente ambiciosa y territorialmente cohesionada, y un proyecto político capaz de estar a la altura de esa ambición, de norte a sur y de este a oeste.