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Siempre he tenido la romántica —y visto lo visto, casi revolucionaria— idea de que la política, especialmente la local, es puro servicio público. Una labor que consiste en algo tan sencillo y a la vez tan en desuso como escuchar para entender. Cuando la ciudadanía critica o propone, no está atacando las siglas de nadie; está dando la clave, desde su realidad cotidiana, de cómo podemos mejorar la vida de toda la población. Por eso, cuando hablo con mis vecinos y vecinas, activo un "amplificador de frecuencia": filtro el ruido y me quedo con lo importante, analizando cómo su propuesta puede sumar al interés general.
Claro que para eso hace falta empatía. Lo fácil, lo cómodo, es escapar del diálogo y refugiarse en el enfrentamiento. Yo lo tengo claro: no he venido a la política a reñir con nadie. Pero que nadie confunda la cortesía con la sumisión: tampoco voy a permitir que intenten amordazar la opinión del grupo más votado en las últimas elecciones municipales. Representar a toda la población de Tavernes —a quienes nos dieron su confianza y a quienes eligieron otra opción— es una responsabilidad que me tomo muy en serio.
Por eso, resulta imposible sentirse parte de la gestión de este gobierno tripartito. Un ejecutivo que parece sufrir de una extrema piel fina, donde cualquier propuesta de la oposición o crítica vecinal es catalogada de "ofensa intolerable" al régimen.
Es fascinante observar cómo, en lugar de escuchar, estudiar los problemas o simplemente ponerse a trabajar, el tripartito dedica el grueso de sus energías a una triple disciplina olímpica: ocultarnos la información, descalificar a quien discrepa y escudarse en el pasado. Estar pendientes de las redes y del relato parece importarles mucho más que solucionar los problemas endémicos que arrastra Tavernes.
A quienes forman parte del gobierno local les digo: gobernar no es crispar. No consiste en convocar manifestaciones pancarteras para escurrir el bulto y echarle las culpas a otros. Tampoco es muy estético eso de asustar al tejido asociativo y a los colectivos locales sugiriendo, con sutil elegancia, que si no les bailan el agua podrían ver peligrar sus subvenciones. Eso no es liderar; eso es gestionar el miedo.
Gobernar es, en realidad, todo lo contrario: es ayudar, es respetar y es entender que la voz de nuestro vecindario no tiene un único color político. El talento, las necesidades y las soluciones no son de derechas ni de izquierdas; son de Tavernes.
A pesar del ruido y del empeño de algunos y algunas en levantar muros, mantengo intacto el optimismo. El futuro de nuestro municipio no se va a construir desde el rencor ni desde los despachos cerrados. Nuestro trabajo, y mi compromiso inquebrantable, es transformar las quejas legítimas de la calle en proyectos reales que vean la luz. Proyectos ilusionantes, resolutivos y tangibles. Tavernes se merece luz, futuro y certezas. El humo, por suerte, siempre termina por disiparse.