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“Estoy muy cansada, muy cabreada, muy decepcionada, es una sensación extraña, es como un círculo viciosos todo el tiempo, una espiral en la que te metes y es muy difícil salir”, declara una joven madre víctima de violencia de género que ha denunciado.
Sin descabalar su relato, es imperioso señalar el embrollo burocrático y judicial que, ni se sabe por cuánto tiempo y de qué manera, atormentará a víctimas de violencia machista y vicaria.
“Se supone que hacemos, -por lo menos yo, y todas las madres-, todo el esfuerzo para que nuestros hijos lleven una vida normal y sean felices pero a la vez a nosotras se nos va la vida en procurar su felicidad, con lo cual no somos felices nosotras, entonces si nosotras no somos felices, los niños no son felices. Te estás quemando para que sean felices y estás todo el tiempo gastando energía, recursos, economía y muchísimo tiempo” por lograr su felicidad, “con lo cual, no eres feliz” y eso, a su vez, les repercute, aunque lo estés haciendo para que sean felices. “¡Es una auténtica carrera de obstáculos, como en una rueda de hámster!”.
Declaraba la actual ministra de Igualdad, doctora en Derecho, que “se ha avanzado en la respuesta penal, en el abordaje integral de la violencia (de género) y en la atención y protección de las mujeres y de sus hijos e hijas”. ¿Otro juego de palabras? ¿Avances también para mujeres y madres sin medios económicos, sin solución habitacional, con características personales complicadas, sin conocimientos o sin suerte a la hora de las sentencias?
Inclemente es el tiovivo legal de revictimización incluso en casos donde “se supone que tienes la máxima protección porque lo tienes todo en regla, es decir, tienes una sentencia en firme condenatoria, tienes una orden de protección de tres años y anteriormente otra orden como medida cautelar”.
Actualmente, la joven madre confidente, se ha vuelto a topar con componendas de despacho que rezuman, en el caso del País Valencià, cierto trasfondo al solicitar empadronar a su hijita en el nuevo hogar al que se han mudado. En anterior ocasión de traslado la gestión no supuso contratiempo alguno. “Me llamaron por teléfono, tuve que dar explicaciones, pero al final, telefónicamente, nos empadronaron”. Ahora, contrariamente, se le abrieron las puertas del infierno administrativo de par en par con cancerbero incluido.
El jueves dieciséis de julio acudió al Ayuntamiento tras ser requerida su personación. “A las doce del mediodía me estaban esperando tres chicas, dos funcionarias -auxiliares administrativas- y una supervisora. Se ponen a ver mi caso y en mi sentencia de divorcio pone que las cuestiones médicas y de cambio de domicilio se someterán a la patria potestad, ¡la patria potestad es compartida!”.
Hete aquí que, ante su estupor, le comunicaron “que la ley civil ha cambiado, antes una persona, una madre podía empadronar a los hijos con la custodia. Ahora eso había cambiado, tienen que estar de acuerdo los dos progenitores, -porque así considera la ley es proteger al menor-”.
¿Proteger al menor?
Ahí todo saltó por los aires. ¡Qué poco suelo pisan en las administraciones!
“Cuando me dijo lo de la protección del menor para empadronarse (su hija), lo de la patria potestad como protección al menor, ahí yo ya, con muy buenas maneras y con muy buena educación le dije a las chicas: -Mirad, a ver si me entendéis, lo de la protección del menor es cuando interesa. Estas leyes están hechas por machirulos para machirulos y esto es así. Y de aquí, de este barco no me baja nadie”.
“Porque la protección del menor es: si ya si eso lo vamos viendo y depende de qué”.
¿Protección del menor cuando “mi hija lleva un año y medio sin pasaporte, como si fuera una delincuente y tiene una jurisdicción voluntaria (procedimiento donde se solicita la intervención de una autoridad y no existe conflicto) puesta desde hace un año y medio”? Y, ¿por qué no tiene pasaporte? “Porque el machirulo del padre ha decidido que no firma nada y además como no saben dónde está, -curiosamente es funcionario público-, y no saben dónde está”, la pequeña no puede obtener dicho documento.
¿Violencia vicaria y violencia de género en la cuerda floja en gobernanzas de signo ultra derechista instaladas en el poder? Vuelven “tiempos de oprobio y clausura de la mujer, de preterición (olvido intencionado) e íntimo calvario de la mujer”, escribe el periodista Rafael Torres.
Hay que tener bien presente que el pasado mes de mayo la sórdida ultraderecha española a través de una de las asalariadas públicas de su cuadrilla, -cuyo secretario general es del Opus Dei-, registraba en el Senado una moción para derogar la Ley Integral contra la Violencia de Género y en consecuencia acabar con juzgados especializados y el consiguiente ministerio introduciendo la argucia denominada violencia intrafamiliar.
“Para trabajar en igualdad es necesario formarse adecuadamente, no puede hacerlo cualquiera ni de cualquier forma”, puntualizaría la mencionada ministra socialista. ¿Realmente rige en abogados y abogadas de oficio, jueces y juezas, fiscales y fiscalas tal formación o asunción de ella? ¿Alguien vela por niños, niñas y adolescentes, que han sido testigos o víctimas de tales violencias, obligados a repetir, una y otra vez, sus declaraciones, rompiéndoles de cuajo y sucesivamente el espacio infantil, desequilibrándoles? ¿Qué despiadados recuerdos se les crearán y qué posibles traumas psicológicos? Mario Benedetti, escritor uruguayo ateo, sentenciaría que “la realidad no es cómo es, sino cómo se recuerda”.
A estas alturas del relato hay que volver a: ¿cómo es posible que no localicen las instituciones el paradero de un funcionario público con una sentencia por violencia de género?
Pues, “eso es posible” asevera la víctima. “No sé cómo es posible, pero es posible”, siendo funcionario público “y no saben dónde está”.
¿Por qué mujeres víctimas de violencia machista, sus hijos e hijas, han de estar sujetos a permisos firmados por delincuentes sentenciados? “Ningún maltratador puede ser un buen padre”, dictaminaría la ministra.
¿A qué se está jugando con las vidas?
“Me debe dinero el padre, el progenitor debe dinero y no poco, cuatro mil euros, lo que significa que yo he pagado ocho mil. Estamos pidiendo el cincuenta por cien, ¡el cincuenta por cien!” y no lo paga. “Ahí la protección del menor ¿dónde está?”. Lleva tres años sin pagar, “la primera demanda es de hace tres años, ¡tres años! ¿Dónde está la protección del menor ahí?”.
Protección, según la Real Academia Española (RAE), significa seguridad, atención, cuidado, ayuda, amparo, abrigo.
“Si mi hija come, tiene ocio, se viste, va al colegio, gasta uniforme, gasta comida, gasta aire acondicionado o gasta internet sale de mis costillas, ¡de mis costillas! ahí la protección del menor ¿dónde está, en empobrecer a niveles máximo a la madre? ¿Dónde está ahí la protección del menor?”.
¿Acaso “la protección del menor está en que yo venga aquí (al Ayuntamiento), pierda mi tiempo, me abra en canal delante de tres desconocidas, vuelva a contar otra vez mi problemática por enésima vez, reabriendo heridas, -que no hay manera de cerrarlas con la administración pública-, para justificar que yo no voy a secuestrar a mi hija ni la voy a meter no sé en dónde? ¿Protegerla de qué, de quien, de mí, de mí?”.
Teniendo la custodia exclusiva y el progenitor condenado a ni tan siquiera una sola noche de pernocta, -“no la ve desde los cinco meses y la niña ha cumplido seis años-”, ¿se hostiga a la víctima? Niños y niñas, a los seis años, como dijo el psicólogo Jean Piaget, ya “pueden concebir las cosas desde el punto de vista de otra persona y son conscientes de las circunstancias ajenas”, ¿eso se tiene en cuenta?
Miles y miles de madres víctimas de violencia de género padecen maltrato económico bregando diariamente con la pobreza, el miedo, la exclusión, para finalmente tener que dejar a sus hijos e hijas al cuidado de las instituciones. En las asociaciones ya lo dicen: “algunas han renunciado a la custodia y los niños están en Asuntos Sociales porque no han podido superarlo”.
“¡Eso ya tiene que ser para pegarte un tiro!”.
¿Cuántos casos se siguen archivando, no han tenido medidas cautelares o no se hayan ratificado en el juicio, o lo hayan perdido en instancias superiores?
“Afortunadamente pude demostrar todo lo que demostré y por eso le ha caído la condena, me costó muchísimo”.
Teniéndolo todo en regla se logró una pena de prisión y la orden de alejamiento de más de tres años. Al ser recurrida la sentencia el delincuente la perdió. ¿Qué inmenso sufrimiento el de mujeres “que por lo que sea no han podido juntar las pruebas, o según el machirulo del juez éstas no han sido suficientes”.
“Suelen los jueces disparatados desoír la sabia advertencia popular que aconseja guardar prudente silencio tras introducir alguna extremidad en la porquería”, escribían el periodista valenciano Quico Tomás –Valiente y el abogado y también periodista Paco Pardo en relación al caso del juez González Calderón sobre la resolución absolutoria de un ATS (Asistente Técnico Sanitario) acusado de abusos a una paciente.
¿De qué protección al menor se habla?
“A mi hija la matriculé gracias a que soy familia monoparental porque este señor dio el beneplácito en octubre cuando la niña ya estaba escolarizada un mes y pico”.
A día de hoy, ¿qué solución plantean desde el Ayuntamiento para poder empadronar a la niña junto a la madre en su nuevo domicilio dado que “este señor está en paradero desconocido”?
Ni más ni menos que conseguir un certificado, un justificante, “un algo del juzgado en el que ponga que a este señor no lo encuentran y que se lo lleve, con eso me la podrán empadronar”.
¡La rueda de hámster en plenitud!
¿Logrará la víctima entre su trabajo, los agobios el estrés, el cuidar de su hija y la rabia tragada ese solucionador papel conforme no localizan al progenitor delincuente pudiendo empadronar a la pequeña?
Ser víctima de violencia de género es un trágico e inacabable serial.
El siguiente capítulo es la cruda espera dado que es un “juzgado de mierda que igual tarda una semana, como tarda seis meses o pasa un año y medio, y mientras tanto, mi hija empadronada con unas señoras (las nuevas propietarias del piso)”.
“Presenté lo que me dijeron por escrito, ahora voy a sentarme a esperar, ¡nuevamente a sentarme a esperar!”. Protección para el menor es proteger a la madre que lo cuida.
“¡Muy harta de todo!”.