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Vivimos a la carrera. En nuestro mundo, todo va tan rápido que en el momento en que escribes de una cosa ya casi ha dejado de estar de actualidad porque algo nuevo ha venido a sustituirlo. Tal vez por eso nos impactó tanto el confinamiento, porque de repente todo se ralentizaba y lo que ayer parecía esencial hoy carecía de importancia. La vida se redujo prácticamente a la pandemia y sus circunstancias, y, cómo no, al modo de superar esa inactividad forzosa.
El teletrabajo, las videoconferencias, los aplausos, la levadura o el papel higiénico se convirtieron en el centro de nuestras vidas. Unas se quedaron y otras, por fortuna, pasaron a engrosar nuestro álbum de recuerdos. Y ahora, al despojarnos casi por completo de las mascarillas, símbolo de esa época, toca resetearse y encontrarse con una misma, que no es poca cosa.
En su día teníamos el convencimiento de que saldríamos mejores, de que replantearíamos nuestra escala de valores y de que, en definitiva, habíamos aprendido una gran lección. Hoy, sin embargo, parece que todo quedó en agua de borrajas y que, con las mascarillas, arrojamos por la borda todos aquellos buenos propósitos.
En eso estaba pensando cuando me llegó un mensaje de WhatsApp. Una amiga muy querida me decía que le habían hablado muy bien de mí y de mi trabajo, y lo habían hecho sin saber de la amistad que nos une. Ni que decir tiene que me encantó saberlo, pero, además, me encantó que me lo dijera. Y ahí es, precisamente, adonde quería llegar.
Acostumbramos a quejarnos de cualquier cosa, a contar a los cuatro vientos -y a las mil redes sociales- lo mal que nos han atendido en cual o tal sitio, las cosas que faltan o el descontento con el que nos hemos marchado. Pero pocas veces contamos lo bien que nos han tratado, la satisfacción con el servicio prestado o ese pequeño detalle que nos hizo sentir bien. Porque somos muy de quejarnos y muy poco de agradecer.
La verdad es que el mensaje de mi amiga me pintó una sonrisa que me durará, por lo menos, todo el día. Y es que algo tan simple puede ser muy importante. Tanto como para dar sentido al trabajo que realizo a diario.
Por eso quería invitar a todo el mundo a que hiciera lo que mi amiga. Si algo está bien, no nos lo callemos. Recibir ese pequeño espaldarazo es como cosernos las alas para seguir haciéndolo bien, incluso para hacerlo mejor.
Merece la pena.