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Desde siempre, he venido relacionando el término “relato” con un género literario, una suerte de narración corta o cuento al que, dicho sea de paso, soy muy aficionada, al igual que muchas personas que conozco. Pero, de un tiempo a esta parte, vengo oyendo como una y otra vez los políticos y los medios de comunicación emplean el término relato con un significado que, de alguna manera, me chirría. Por más esfuerzo que haga, no me imagino a ninguno de los políticos y políticas que vemos casi a diario dedicándose a la literatura.

No obstante, y antes de meter la pata, hay que analizar bien las cosas. Y la cosa a la que hay que acudir en casos como este es al diccionario, mejor si es el de la RAE. Y, precisamente, además de la acepción a que hacía referencia, define “relato” como “Reconstrucción discursiva de ciertos acontecimientos interpretados en favor de una ideología o de un movimiento político”, brindándonos como sinónimos, entre otros, “explicación, exposición, descripción, crónica, informe”. Así que la Real Academia me ha librado de hacer un esplendoroso ridículo criticando a quien usa la palabra “relato” en el sentido de reinterpretación de determinados hechos a favor del sol que más calienta, que es, en definitiva, de lo que se trata.

Pero la cuestión no es solo esa. Porque, de eso del relato no solo hay uso, sino abuso. Y eso es lo que no me gusta nada. Y es que es cierto que, en algunos momentos, se ponen de moda determinados vocablos que, aun siendo correctos, se exprimen y repiten hasta desproveerlos prácticamente de sentido. Pensemos, por ejemplo, en la “pertinaz sequía” o la “lacra de la violencia de género”. Términos tan expresivos como “pertinaz” o “lacra” han acabado convirtiéndose en una muletilla que, a costa de repetirla, ha dejado de significar apenas nada.

Aún voy más allá. Si se abusa tal conforme se está abusando no solo del término sino de la idea de reinterpretar las cosas hasta vender una historia diferente de la que realmente existe, mal vamos. Porque parece que todo se limita a una visión tan parcial y subjetiva de las cosas que, dependiendo de quien nos las cuente, son blancas, negras, grises o amarillas. Aunque, en realidad, sean blancas y en botella.

No puedo evitar que me disguste que un término tan querido para mí como “relato” se retuerza hasta desvirtuarlo. Aunque, bien pensado, igual está mucho mejor utilizado de lo que pensaba. Y no solo porque se refieran a esa reconstrucción discursiva de la que habla la RAE sino porque todo sea un cuento.

Al fin y al cabo, como dice la canción, la vida es puro teatro. ¿O no?

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Susana Gisbert
Susana Gisbert
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