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Con una mezcla de enfado y pena leo lo que le ocurrió al bailarín Juan Berlanga en Manzanares (Ciudad Real) Se encontraba realizando su espectáculo, “JuanCaballo” en la vía pública, en el marco del festival CallejeArtes, con todos los permisos y parabienes, cuando se vio increpado, insultado y hasta agredido -lanzaron una silla- verbal y físicamente por un grupo de manifestantes que, supuestamente, clamaban por la defensa de Ceuta. Insisto mucho en lo de “supuestamente” porque, por más vueltas que le dé, no veo la relación entre defender la ciudad autónoma de Ceuta y agredir a un artista que está realizando su trabajo, un trabajo más duro y difícil de lo que la mayoría de personas imaginan.
Cuando veo las imágenes del bailarín ejecutando su pieza con toda la dignidad del mundo pese a los gritos e insultos y parapetado por agentes de la policía se me parte el alma. Y se me parte más aún cuando veo que el comunicado que la Asociación de distribuidores y gestores de Artes Escénicas apenas ha sido objeto de repercusión en medios de comunicación, más allá de lo que el propio bailarín y quienes le siguen han hecho en redes sociales. Y esto, además de partirme el alma, me indigna en grado sumo.
No estamos hablando de cualquier intérprete de danza, por más que todos y todas son muy respetables, sino que se trata de quien ganó el prestigioso premio Max a mejor intérprete de danza masculino, por un espectáculo que, precisamente fue escogido por la organización del evento como pieza inaugural.
Lo peor es que no es al único artista al que le haya sucedido semejante cosa, y algo parecido ocurrió a Tanxugueiras en Palencia. Ni ellas ni él pudieron desarrollar con normalidad su actuación, que se vio interrumpida forzosamente. Por si fuera poco, y conforme cuenta él mismo, le desenchufaron los altavoces y se lanzaron sobe el equipo de sonido. Tremendo.
Es absolutamente inadmisible. Ninguna protesta debería echar a perder el trabajo de tanto tiempo. No hay justificación posible.
Además, se trata de manifestaciones artísticas, una expresión de libertad que mide el nivel de tolerancia y civismo de una sociedad, amén de su cultura. Ya dijo en su día George Bernard Shaw que “sin el arte, la crudeza de la sociedad sería insoportable”, y Pablo Picasso que “el arte quita del alma el polvo de la vida cotidiana”. Pero si hay una cita con la que deberíamos quedarnos, es con la de John F. Kennedy: “El arte es la gran terapia para los pueblos; la política los divide, el arte los une”. El problema viene cuando, como en estos casos, ni siquiera les dejan hacerlo.