Añadir El Periodico de Aquí como fuente preferida de Google de forma gratuita.
¿Cuántas personas contemplamos en la calle saboreando un chupachups? La pregunta me la hago -y la traslado a quien está a mi lado si voy acompañado- cada vez que observo a alguien con una bolsa de su equivalente colombiano que luce la marca Bon bon bum tratando de venderlo en unidades por una céntrica vía urbana.
O cuando lo ofrecen en vagones de Metrovalencia después de, con mucha corrección, advertir en voz alta que esa práctica constituye su forma de ganarse la vida. Curiosa expresión, por cierto, esta última que deriva del esfuerzo y la victoria que suponen sobrevivir cada día. Igual un mantener, un financiar o un subvencionarse servirían dependiendo del caso, aunque, efectivamente, el verbo ganar resalta en mayor medida el mérito muchas veces no suficientemente valorado del hecho.
Más allá de esta última digresión, esa venta callejera de caramelos de sabores ensartados en un palo adquiere, en Valencia o en otras grandes ciudades españolas en las que comienza a proliferar, un simbolismo. Y se trata de un síntoma más que refleja la entrada de nuevas costumbres que pueden cohabitar, sumar o chirriar con las propias. En lo que respecta al citado dulce, creo que más bien ocurre lo último.
Y más todavía en la manera de suministrarlo, ya que la venta ambulante de alimentos o productos a ingerir tiene una normativa y unas prohibiciones estrictas. No basta con comprar en una tienda una bolsa de chuches y luego repartirlas en la calle y cobrar por ello. Los artículos se ofrecen en el lugar adaptado. Fuera de ese contexto, pierden la seguridad de su certificación alimentaria. Y aquí salta el clásico consejo de progenitores a vástagos: “no aceptes caramelos de desconocidos”
Lo que vale en un país no tiene por qué cuajar en otro. Ni cualquier acción que se realice de manera cotidiana a miles de kilómetros de distancia puede tener encaje natural en la Comunitat Valenciana. Ya sea por legislación, salubridad o costumbres sociales y comerciales. En autobuses públicos de Honduras, Bolivia o Perú me han ofrecido, espontáneos que subían en las paradas, desde choclo (mazorca de maíz) hasta supuestos medicamentos multicurativos.
No se me ocurre que esto último suceda en Valencia, por mucho que la ciudad cambie y pierda su esencia pasada a marchas forzadas. Escrito todo esto, reconozco que tengo un ejemplar del citado chupachups colombiano en un estante de mi habitación. Lo compré precisamente en el metro para contribuir a que alguien “se ganara la vida”. Cada día lo miro y no acabo de decidirme a probarlo.