Añadir El Periodico de Aquí como fuente preferida de Google de forma gratuita.
El próximo 11 de septiembre, un puñado de valientes nos reuniremos en El Huerto de Santa María, en El Puig de Santa Maria, l’Horta Nord, para dar el pistoletazo de salida a unos comicios que no deberían medirse únicamente por las encuestas, sino por algo mucho más importante: la capacidad de un proyecto político para convertir la gestión en confianza, la confianza en movilización y la movilización en una nueva mayoría.
Venimos a ganar. No a administrar derrotas, no a resignarnos a repetir resultados y, mucho menos, a aceptar como inmutables aquellos feudos que algunos llevan demasiado tiempo confundiendo con patrimonio propio. Venimos a disputar cada palmo de la Comunitat Valenciana, municipio a municipio, calle a calle, con la convicción de que ningún territorio pertenece para siempre a unas siglas.
Y lo hacemos cuando la Comunitat Valenciana vuelve a reclamar ambición.
Una tierra de empresarios, autónomos, trabajadores, agricultores, comerciantes, profesionales y jóvenes que quieren construir aquí su futuro. Una tierra que no necesita una política que le diga constantemente qué debe hacer, sino un Gobierno que elimine obstáculos, genere oportunidades y convierta sus potencialidades en crecimiento.
Ahí es donde el liderazgo de Juanfran Pérez Llorca adquiere una dimensión política especialmente relevante. No hablamos de un dirigente cuya experiencia comenzara al llegar al Palau de la Generalitat. Su trayectoria acredita años de gestión municipal: fue alcalde de Finestrat desde 2015 hasta diciembre de 2025 y ocupó, además, distintas responsabilidades de gobierno municipal. Desde diciembre de 2025 preside la Generalitat.
Hay una diferencia sustancial entre conocer la Administración desde los organigramas y haber tenido que tomar decisiones sobre el terreno; entre contemplar la política desde la tribuna y responder ante los vecinos; entre administrar un cargo y entender el poder como una herramienta para transformar.
Y si queremos hablar de liderazgo, hagámoslo con hechos.
La vivienda constituye probablemente uno de los mayores desafíos de nuestra generación. En los primeros siete meses de 2026, 2.718 jóvenes valencianos obtuvieron avales del IVF para adquirir su primera vivienda. Se aprobaron 1.812 operaciones de aval por más de 39 millones de euros, que permitieron movilizar 247,5 millones de euros de financiación bancaria y facilitaron la adquisición de inmuebles por un valor conjunto superior a 260 millones de euros.
Desde la puesta en marcha del programa en 2024, el balance alcanza ya 5.189 jóvenes beneficiados, a través de 3.493 operaciones y cerca de 62 millones de euros en avales. Y hay un dato que dice mucho sobre la demanda existente: en 2026 la dotación inicial de 30 millones de euros tuvo que ampliarse hasta 60 millones después de agotarse en apenas seis meses.
Pero facilitar el acceso al crédito no basta. Si queremos que los jóvenes puedan emanciparse y que las familias puedan acceder a una vivienda digna, también hay que aumentar la oferta.
Ahí entra el Plan Vive Comunitat Valenciana. Según los datos oficiales del IVVSA, se han impulsado 4.833 viviendas de protección pública y de colaboración público-privada, a las que se suman 1.585 viviendas de promoción privada: cerca de 6.500 viviendas movilizadas en el marco del programa.
Y las cifras adquieren todavía más dimensión cuando se traducen a territorio. En Torrevieja se ha iniciado el desarrollo de 822 viviendas de protección pública, con una inversión estimada cercana a los 100 millones de euros. En València, el acuerdo para la reconstrucción de La Torre contempla 1.206 nuevas viviendas de protección pública, además de 7.000 metros cuadrados de equipamientos públicos.
No estamos ante una solución mágica —sería irresponsable afirmarlo—, porque el problema de la vivienda exige muchos años de trabajo y una política sostenida. Pero sí estamos ante algo mucho más importante que un eslogan: recursos movilizados, operaciones ejecutadas, jóvenes beneficiados, promociones concretas y viviendas que pueden contarse.
Menos propaganda. Más gestión. Menos relato. Más resultados.
Ese debe ser el criterio con el que juzguemos cualquier Gobierno.
Y el mismo criterio debe aplicarse a la reconstrucción tras la DANA, a las infraestructuras, a la industria, al empleo, a la financiación autonómica y a la capacidad de la Comunitat para atraer inversiones. Gobernar no consiste en producir titulares: consiste en conseguir que una decisión administrativa termine cambiando la vida de una persona, la competitividad de una empresa o las posibilidades de un municipio.
Pérez Llorca ha situado también la defensa de los intereses valencianos ante el Gobierno de España en el centro de su acción política. La reivindicación de una financiación suficiente, de mayores inversiones y de los recursos necesarios para sostener nuestros servicios públicos no es una cuestión menor ni un asunto de partido: afecta directamente a la capacidad de la Comunitat Valenciana para decidir su futuro.
Eso también es valencianismo.
No el valencianismo de la consigna. No el de la pancarta. No el que convierte nuestra identidad en una frontera mental.
El valencianismo de exigir. El valencianismo de negociar. El valencianismo de conseguir.
Porque esta tierra no necesita dirigentes que le recuerden constantemente que existe. Necesita dirigentes capaces de conseguir que sea escuchada.
Y aquí aparece la segunda gran transformación que queremos disputar.
La primera fue económica, social y urbana: aquella que convirtió a la Comunitat Valenciana en una de las grandes regiones del Mediterráneo. La segunda debe ser política y productiva: recuperar la ambición, devolver protagonismo a la sociedad civil, liberar capacidad empresarial, facilitar el acceso de los jóvenes a la vivienda, defender nuestro tejido productivo y construir una Administración que esté al servicio de quien trabaja, emprende y arriesga.
Frente a ello, tenemos enfrente un socialismo demasiado acostumbrado a refugiarse en la reinvención permanente del relato. Un modelo que corre el riesgo de confundir protección con paternalismo, política social con dependencia y gestión con mera administración de lo existente.
Nosotros planteamos otra cosa.
Una Comunitat Valenciana que no quiera simplemente resistir, sino liderar.
Una Comunitat que mire a sus empresarios sin sospecha, a sus trabajadores sin paternalismo, a sus jóvenes sin tutelas, a sus agricultores con respeto y a sus municipios con igualdad. Una Comunitat que entienda que la riqueza no aparece por decreto y que la prosperidad no se reparte antes de generarse: se construye creando empleo, atrayendo inversión, facilitando vivienda y dejando trabajar a quienes saben hacerlo.
Por eso el 11 de septiembre no será una reunión más.
Será el primer paso de una batalla política.
Una batalla por municipios que algunos dan por perdidos antes incluso de empezar. Una batalla por recuperar la confianza de quienes dejaron de votar. Una batalla por demostrar que las mayorías no son hereditarias y que ningún feudo resiste eternamente cuando aparece enfrente un proyecto dispuesto a caminar, escuchar, trabajar y competir.
Salimos a ganar.
A ganar en las urnas, en la calle y en cada municipio.
A convertir gestión en credibilidad, credibilidad en confianza y confianza en una nueva mayoría.
Y a hacerlo bajo un liderazgo que reúne tres cualidades que en política resultan extraordinariamente valiosas: experiencia de gestión, conocimiento del territorio y ambición de gobierno.
Juanfran Pérez Llorca representa una política que no entiende el poder como un refugio, sino como una responsabilidad; no como un fin, sino como un instrumento para transformar.
Y eso es exactamente lo que necesita esta tierra.
Porque el futuro de la Comunitat Valenciana no está escrito en ninguna encuesta.
Se escribe en la calle. Se disputa en las urnas. Y se conquista trabajando.
El 11 de septiembre empieza el camino.
Y esta vez no venimos a pedir sitio.
Venimos a ocuparlo.